Viernes 09 Mayo 2014
Beata Teresa de Jesús - (Carolina Gerhardinger)
Carolina nació en
Regensburg-Stadtamhof, Alemania el 20 de junio de 1797. Fue hija única. Su
padre era capitán de barco. Ambos progenitores le proporcionaron la formación
precisa para hacer frente a las circunstancias sociales, políticas y religiosas
generadas por la Revolución francesa. Dosificaron sabiamente su tiempo
educándola en el hogar, sensibilizando su espíritu con la atención constante a
los pobres, y ensanchando su mente con travesías sobre el Danubio rumbo a
Viena. Durante un tiempo estudió con las canonesas de Notre Dame, fundación de
san Pedro Fourier, hasta que en 1809 el gobierno clausuró esta institución y el
centro académico regido por ellas. El P. George Michael Wittmann, párroco de la
catedral y después obispo de Regensburg, tuvo la visión de los grandes
pastores. Seleccionó a tres de las alumnas más brillantes y se propuso seguir
adelante con la tarea educativa. Una de ellas era Carolina. Wittmann le
infundió la idea de ser maestra y le ayudó a culminar la formación. Tenía 12
años cuando comenzó a impartir clases. Desde un principio se caracterizó por su
gracia y carisma en la enseñanza. Era muy competente humana y profesionalmente,
una persona que no temía al esfuerzo. Además, y eso era lo esencial, vivía
amparada en la penitencia y en la oración. Durante más de veinte años hizo de
la escuela de Stadtamhof, dirigida a niños sin recursos, un modelo a imitar.
Impulsó la educación integral atendiendo a todas las necesidades de la persona.
Introdujo disciplinas versátiles de suma utilidad para la vida: economía
doméstica, idiomas, música, capacitación para los negocios, gimnasia, arte
dramático… En todo momento fue consciente del influjo social que tienen las
mujeres y madres, y del papel que ejercen si reciben una adecuada formación
cristiana. Y dedicó su vida a paliar esta importante carencia que sufren los
que viven en la pobreza, colectivo con el que se ensaña la falta de
escolarización. Hizo posible que niñas y jóvenes pudieran optar a
oportunidades, que de otro modo les habrían sido vedadas, accediendo en
igualdad de condiciones a estratos sociales y políticos reservados a clases
pudientes.
En 1816 se vinculó a dos maestras compañeras de trabajo que
compartían sus ideales de estricta penitencia y oración. Fue una época que le
sirvió para afianzar su anhelo de consagrarse en la vida religiosa. El prelado
Wittmann vio en ello una señal del cielo para poner en marcha una comunidad
dirigida a la educación cristiana de niñas y jóvenes. Con el restablecimiento
de las libertades religiosas en 1828 el panorama había cambiado y podía
afrontarse abiertamente una nueva fundación. De modo que indujo a Carolina a
realizar esta empresa, asesorándola, aunque murió en 1833 sin ver culminado
este sueño. Surgieron diversos contratiempos que hubieran hecho desistir a
muchas personas de este empeño, pero no a una beata como ella que hacía de la
oración y de su entrega la estela que le conduciría al cielo. En octubre de ese
año de 1833 inició vida comunitaria en Neunburg vorm Wald junto a dos jóvenes y
estableció la primera escuela de las Hermanas de Notre Dame. Dedicada a María,
el fundamento estaba en la Eucaristía y en el espíritu de pobreza. Contó con el
apoyo del monarca Luis I de Baviera. En medio de las vicisitudes un sacerdote
amigo de Wittmann, Franz Sebastian Job, lo secundó en la tarea de auxiliar a la
fundadora. No le faltó su asistencia en el ámbito espiritual así como en el
financiero hasta que se produjo su muerte en 1834.
Carolina profesó en noviembre de 1835 tomando el nombre de
María Teresa de Jesús, en memoria de la santa de Ávila por la que sentía
especial admiración. Y fundó la congregación de las Pobres Hermanas
Escolásticas de Nuestra Señora. Las expectativas de muchas jóvenes hallaron
respuesta en esta nueva institución vinculándose a la pequeña comunidad. De dos
en dos, como Cristo sugirió, recorrían lugares donde el progreso no había hecho
acto de presencia. Diversas localidades y aldeas de difícil acceso vieron renacer
su esperanza con el florecimiento de jardines de infancia, escuelas, hogares
para ancianos y centros de atención. La congregación se extendió prontamente
por Europa y Estados Unidos. Carolina viajó a este país el año 1847
contribuyendo a la expansión de su obra. Se trasladó de un lado a otro en
difíciles condiciones, recorriendo miles de kilómetros en carretas tiradas por
bueyes para visitar las escuelas que sus hijas habían establecido allí para
educación de hijas de emigrantes alemanes. En este viaje, junto al beato Juan
Neumann, fundó un orfanato en Baltimore. Al regresar a su país surgieron
importantes problemas con el arzobispo de Munich-Freising, Graf von Reisach
fundamentalmente por el borrador de la regla, origen del litigio. Éste no
compartía la idea de que existiera un gobierno central en la congregación
regida a través de una superiora general; quería que dependiesen de él. En un
momento dado, la beata estuvo amenazada de excomunión. Y compareció ante el
arzobispo musitando en voz baja, mientras se hallaba arrodillada ante él, su
deseo de someterse a sus indicaciones en la medida en que no vulneraran la
voluntad de Dios y su conciencia. Siguió adelante, sin ver quebrarse ni un
ápice su confianza en la divina providencia, con espíritu perseverante,
sosteniendo con su oración y entrega la misión recibida. Dio muestra de ser una
mujer de gran fortaleza y empuje. En 1865 Pío IX autorizó los estatutos y la
confirmó como superiora general, oficio reservado hasta ese momento a los
varones. Fue probada también al final de sus días ya que las guerras desatadas
en Europa y América conllevaron el cierre de algunas de las misiones que abrió.
El 9 de mayo de 1879 fallecía en Munich. Comenzó a cumplirse su anhelo de:
«adorar y amar eternamente; regocijarse eternamente en la gloria de Dios y de
sus santos», que había manifestado en vida. Juan Pablo II la beatificó el 17 de
noviembre de 1985.
El célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando
contentar al Señor; lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de
los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma.
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