Martes 06 Mayo 2014
Beata Ana Rosa Gattorno
"Amor mio, cómo puedo hacer para que todo el mundo te
ame?… Sírvete una vez más de este tu miserable instrumento para reavivar la fe
y la conversión de los pecadores".
Este impulso generoso brotado a los pies de su "Sumo
Bien", que la atraía siempre más irresistiblemente a sí, constituyó el
anhelo profundo del corazón de Ana Rosa Gattorno, hasta impulsarla a ofrecer
totalmente su vida en una continua inmolación por la gloria y complacencia del
Padre.
Nació en Génova el 14 de octubre de 1831, de una familia de
condición económica acomodada, de buena posición social y de profunda formación
cristiana. Fue bautizada el mismo día, en la Parroquia de San Donato, con el
nombre de Rosa María Benedetta.
En el padre Francisco y en la madre Adelaida Campanella, ella
como sus otros cinco hermanos, encontró los primeros formadores esenciales de
su vida moral y cristiana. A los doce años recibió la confirmación en Santa
María de las Viñas, de manos del Arzobispo Cardenal Plácido Tadini.
Durante su juventud, le fue impartida la instrucción en casa,
como era usanza en las familias acomodadas del tiempo. De carácter sereno,
amable, abierto a la piedad y a la caridad, sin embargo firme, supo reaccionar
ante la conflictualidad del clima político y anticlerical de la época, que
afectó también a algunos componentes de la familia Gattorno.
A los 21 años (5 de noviembre, 1852) , contrajo matrimonio con
su primo Jerónimo Custo y se trasladó a Marsella. Una imprevista crisis
financiera turbó muy pronto la felicidad de la nueva familia, obligada a volver
a Génova marcada por la pobreza. Desgracias aún mas graves la amenazaban, su
primera hija Carlota afectada de una improvisa enfermedad quedó sordomuda para
siempre; el tentativo de Jerónimo para hacer fortuna en el extranjero se
concluyó con el regreso, agravado por una funesta enfermedad; el gozo de los
otros dos hijos fue profundamente turbado por el fallecimiento del marido, que
la dejó viuda a menos de seis años de casada (9 de marzo, 1858) y después de
algunos meses la pérdida de su último hijito.
El apremiar de tantos acontecimientos tristes, marcó en su vida
un cambio radical que ella llamará "su conversión" a la oferta total
de sí al Señor, a su amor y al amor del prójimo.
Purificada por las pruebas, pero fuerte en el espíritu,
comprendió el verdadero sentido del dolor, enraizándose en la certeza de su nueva
vocación.
Bajo la guía del confesor don José Firpo emitió en forma
privada los votos perpetuos de castidad y obediencia en la fiesta de la
Inmaculada del 1858; enseguida también el de pobreza (1861), en el espírirtu
del pobrecito de Asis, como terciaria franciscana. Desde el 1855 había obtenido
el beneficio de la comunión diaria, no común en aquel tiempo. A tal manantial
de gracia quedó constantemente anclada y sostenida por una siempre mayor
intimidad con el Señor, en la cual encontró apoyo, ardor misionero, fuerza e
impulso para el servicio a los hermanos.
En 1862 recibió el don de los estigmas ocultos, percibidos más
intensamente los días viernes.
Ya esposa fiel y madre ejemplar, sin sustraer nada a sus
hijos, siempre tiernamente amados y acompañados, con una mayor disponibilidad
aprendió a compartir los sufrimientos de los otros, prodigándose en apostólica
caridad: "me dediqué con mayor fervor a las obras piadosas y a frecuentar
los hospitales y a los pobres enfermos a domicilio, socorriéndoles con cuanto
podía y sirviéndoles en todo".
Las asociaciones católicas en Génova la solicitaban y así, aún
amando el silencio y el anonimato, todos notaron el carácter genuinamente
evangélico de su tenor de vida. Progresando en este camino le fue confiada la presidencia
de la "Pía Unión de las nuevas Ursulinas, Hijas de Santa María
Inmaculada", fundada por Frassinetti y por expreso deseo del Arzobispo
Monseñor Charvaz, también la revisión de las reglas destinadas a la Pía Unión.
Justamente en aquella circunstancia (febrero 1864), en un
clima de más intensa oración, delante del Crucifijo, recibió la inspiración de
una nueva regla para una suya específica Fundación.
Temiendo ser obligada a abandonar los hijos, reza, hace
penitencia, pide consejo. Fray Francisco de Camporosso, santo capuchino lego,
aún mostrándose temeroso por las graves tribulaciones que se perfilaban, la
sostiene dándole valor; de igual manera lo hacen el confesor y el Arzobispo de
Génova.
Advirtiéndo siempre más insistentes sus deberes de madre,
quiso la confirmación competente de la misma palabra de Pío IX, con la secreta
esperanza de ser aliviada. El Pontífice en la audiencia del 3 de enero de 1866,
la exhorta en cambio a iniciar de inmediato la fundación, agregando: "Este
Instituto se extenderá rápidamente en todas las partes del mundo; Dios pensará
en tus hijos, tú piensa a Dios en su obra". Aceptó, entonces, cumplir la
voluntad del Señor y como después escribió en sus memorias: "con
generosidad hice a Dios la oferta y le repetía las palabras de Abraham:
"Héme aquí para cumplir tu voluntad "… me ofrecí víctima por su obra
y recibí consolaciones muy grandes…".
Superadas las resistencias de los parientes y abandonadas las
obras de Génova, no sin disgusto de su Obispo, da inicio en Placencia a la
nueva Familia Religiosa que denominó definitivamente "Hijas de Santa Ana,
Madre de María Inmaculada" (8 diciembre 1866). Vistió el hábito religioso
el 26 de julio de 1867 y el 8 de abril de 1870 emitió la profesión religiosa
junto a doce hermanas.
En el desarrollo del Instituto recibió la colaboración del P.
Juan Baustista Tornatore, sacerdote de la Misión, a quien pidió expresamente
que escribiera las Reglas y que luego fue considerado Cofundador del Instituto.
Confiada totalmente a la Providencia divina y animada desde el
principio de un valeroso impulso de caridad, Rosa Gattorno dió inicio a la
construcción de la "Obra de Dios", como la había llamado el Papa y
como la llamará siempre también ella, elegida para cooperar, en espíritu de donación
materna, atenta y solícita hacia las diversas formas de sufrimiento y de
miseria moral o material, con la única intención de servir a Jesús en sus
miembros adoloridos y heridos y de "evangelizar ante todo con la
vida".
Da inicio a varias obras de servicio para los pobres y
enfermos de cualquier enfermedad, para las personas solas, ancianas,
abandonadas; los pequeños e indefensos; las adolescentes y las jóvenes "en
peligro" a quienes proveía una instrucción adecuada y la sucesiva
inserción en el mundo del trabajo.
A estas formas, se agregan muy pronto la apertura de escuelas
populares para la instrucción de los hijos de los pobres y otras obras de
promoción humano-evangélica, según las necesidades más urgentes de la época,
con una efectiva presencia en la realidad eclesial y civil. Llamaba a sus hijas
"Siervas de los pobres y ministras de la misericordia" y las
exhortaba a acoger como signo de predilección del Señor el servicio a los
hermanos, cumpliéndolo con amor y humildad: "Sean humildes… piensen que
son las últimas y las más miserables de todas las creaturas que prestan su
servicio a la Iglesia, de la cual tienen la gracia de formar parte".
A menos de diez años de fundación el Instituto obtuvo el
Decreto de Aprobación(1876), y la aprobación definitiva en 1879, mientras que
para la aprobación de las reglas se tuvo que esperar hasta el 26 de julio de
1892.
Muy apreciada y estimada por todos, colaboró en Placencia con
el Obispo Monseñor Scalabrini, ahora beato, en modo particular en la obra a
favor de las sordomudas por él fundada.
A pesar de todo, no fueron ahorradas a Madre Rosa Gattorno
pruebas, humillaciones, dificultades y tribulaciones de todo género. No
obstante esto, el Instituto se difundió rápidamente en Italia y en el
extranjero, realizando así el ardiente deseo misionero de la fundadora:
"Amor mío! Cómo me siento arder de deseo de hacerte conocer y amar por
todos; quisiera atraer a todo el mundo, dar a todos, socorrer a todos… quisiera
correr por doquier y gritar fuerte para que todos vengan a amarte". Ser
"portavoz de Jesús" y hacer llegar a todos los hombres el Amor que
salva, fue siempre el anhelo profundo de su corazón. En 1878 enviaba ya a las
primeras Hijas de Santa Ana en Bolivia, después Brasil, Chile, Perú, Eritrea,
Francia, España.
En Roma, donde había iniciado su obra desde el 1873, organizó
escuelas masculinas y femeninas para los pobres, jardínes infantiles,
asistencia a los hijos recién nacidos de los obreros de la Manufactura de
tabaco, casas para ex prostitutas, mujeres de servicio doméstico, enfermeras a
domicilio, surgió también la Casa Generalicia, con la Iglesia anexa.
A su muerte dejó 368 casas, en las cuales desempeñaban su
misión 3.500 hermanas.
El secreto de su camino de santidad, del dinamismo de su
caridad y de la fuerza de ánimo con la cual supo afrontar con fe robusta todos
los obstáculos y guiar por 34 años, con dedicción plena, valor y clarividencia
el Instituto, fue su continua unión con Dios y un total y confiado abandono en
El: "No obstante en medio de tanto tumulto de un abismo de trabajo, nunca
he quedado privada de la unión con mi Bien"; la atención y docilidad a los
impulsos del Espíritu, la íntima y amorosa participación a la pasión de Cristo;
la incesante súplica por la conversión de los pecadores y la santificación de
todos los hombres.
Nutrió hacia la Iglesia un vivo sentido de pertenencia y fue
siempre humilde, devota y obediente a las directivas del Papa y de la
Jerarquía.
En su predilección por Santa Ana, vivió un amor especial hacia
María en quien se confió enteramente para ser toda de Dios y toda de los
hermanos.
Puro y simple instrumento en las manos del " delicado
Artífice", conformada a Cristo pobre y víctima de amor con El, realizó en
su vida el anhelo inculcado a sus hijas : "Vivir por Dios y morir por El,
gastar la vida por amor".
Así vivió hasta febrero de 1900, cuando afectada por una
inesperada enfermedad, se agravó rápidamente. Sometida a duras pruebas de
penitencia, frecuentes y extenuantes viajes, una intensa correspondencia
epistolar, preocupaciones y grandes disgustos, su físico no pudo más. El 4 de
mayo recibió el sacramento de los enfermos y dos días después el 6 de mayo, a
las 9 de la mañana, cumplido su peregrinaje terreno se extingue santamente en
la Casa General.
La fama de santidad que ya había irradiado en vida, irrumpe en
ocasión de su muerte, creciendo ininterrumpidamente en todas partes del mundo.
Expresión de un singular designio de Dios, en su triple
experiencia de esposa y madre, viuda y después religiosa- fundadora, Rosa
Gattorno ha honrado la dignidad y el "genio de la mujer" en su misión
al servicio de la humanidad y la difusión del Reino. Siempre fiel a la llamada
de Dios y auténtica maestra de vida cristiana y eclesial, permaneció
esencialmente madre: de sus hijos, que constantemente acompañó; de las
hermanas, que profundamente amó; y de todos los necesitados, de los sufridos y
de los infelices, en cuyo rostro contempló al mismo Cristo, pobre, llagado y
crucificado.
Su carisma se ha difundido en la
Iglesia con el surgir de otras formas de vida evangélica:
Hermanas de vida contemplativa, Asociación religiosa de vida sacerdotal,
Instituto Secular y Movimiento eclesial de laicos, activamente operante en la
Iglesia en casi todas partes del mundo.
Si usted tiene información relevante para la canonización
de la Beata Ana Rosa, contacte a:
Sr. Anna Angela Florio,
FSA
Figlie di S. Anna
Via Merulana, 177
00185 Roma, ITALIA
Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros
cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto
razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación
de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno,
lo que agrada, lo perfecto. Rm 12, 1-2
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien:
a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los
predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos
hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a
los justificó; a los que justificó, los glorificó. Rm 8, 28-30
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Santo(s) del día
San Andrés Kin
Beata Ana Rosa Gattorno
San Petronax
San Lucio Cirene
San Teódoto Chipre
San Damasceno
San Protógeno
Santa Benedicta Roma
San Justo Viena
Beata Bonizella
Beata Prudencia
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