miércoles 21 Mayo
2014
San Carlos José Eugenio de Mazenod
CARLOS JOSÉ EUGENIO DE MAZENOD
LLegó a un mundo que estaba llamado a cambiar muy
rápidamente. Nacido en Aix de Provenza al sur de Francia, el 1
de agosto de 1782, parecía tener asegurada una buena posición y
riqueza en su familia, que era de la nobleza menor. Sin embargo,
los disturbios de la Revolución francesa cambiaron todo esto para
siempre. Cuando Eugerio tenía 8 años su familia
huyó de Francia, dejando sus propiedades tras sí, y comenzó un
largo y cada vez más difícil destierro de 11 años de duración.
Los años pasados en
Italia
La familia de Mazenod, como refugiados políticos, pasaron por varias
ciudades de Italia. Su padre, que había sido Presidente del Tribunal
de Cuentas, Ayuda y Finanzas de Aix, se vio forzado a dedicarse al
comercio para mantener su familia. Intentó ser un pequeño hombre de
negocios, y a medida que los años iban pasando la familia cayó casi
en la miseria. Eugenio estudió, durante un corto período, en el
Colegio de Nobles de Turín, pero al tener que partir para Venecia,
abandonó la escuela formal. Don Bartolo Zinelli, un sacerdote simpático que vivía al lado, se preocupó por
la educación del joven emigrante francés. Don Bartolo dio a Eugenio
una educación fundamental, con un sentido de Dios duradero y un
régimen de piedad que iba a acompañarle para siempre, a pesar de
los altos y bajos de su vida. El cambio posterior a Nápoles, a
causa de problemas económicos, le llevó a una etapa de aburrimiento
y abandono. La familia se trasladó de nuevo, esta vez hacia
Palermo, donde gracias a la bondad del Duque y la Duquesa de Cannizzaro, Eugenio tuvo su primera experiencia
de vivir a lo noble, y le agradó mucho. Tomó el título de
"Conde" de Mazenod, siguió la vida
cortesana y soñó con tener futuro.
Vuelta a Francia:
el Sacerdocio
En 1802, a la edad de 20 años,
Eugenio pudo volver a su tierra natal y todos sus sueños e
ilusiones se vinieron abajo rápidamente. Era simplemente el
"Ciudadano" de Mazenod, Francia había cambiado; sus
padres estaban separados, su madre luchaba por recuperar las
propiedades de la familia. También había planeado el matrimonio de
Eugenio con una posible heredera rica. Él cayó en la depresión,
viendo poco futuro real para sí. Pero sus cualidades naturales de
dedicación a los demás, junto con la fe cultivada en Venecia,
comenzaron a afirmarse en él. Se vio profundamente afectado por la
situación desastrosa de la Iglesia de Francia, que había sido
ridiculizada, atacada y diezmada por la Revolución.
Él llamado al sacerdocio comenzó a
manifestársele y Eugenio respondió a este llamado. A pesar de la
oposición de su madre, entró en el seminario San Sulpicio de París,
y el 21 de diciembre de 1811 era ordenado sacerdote en Amiens.
Esfuerzos
apostólicos: los Oblatos de María Inmaculada
Al volver a Aix de Provenza, no aceptó un nombramiento normal en una
parroquia, sino que comenzó a ejercer su sacerdocio atendiendo a los que tenían
verdadera necesidad espiritual: los prisioneros, los jóvenes, las domésticas y
los campesinos. Eugenio prosiguió su marcha, a pesar de la oposición frecuente
del clero local. Buscó pronto otros sacerdotes igualmente celosos que se
prepararían para marchar fuera de las estructuras acostumbradas y aún poco
habituales. Eugenio y sus hombres predicaban en Provenzal, la lengua de la
gente sencilla, y no el francés de los "cultos". Iban de aldea en
aldea, instruyendo a nivel popular y pasando muchas horas en el confesonario.
Entre unas misiones y otras, el grupo se reunía en una vida comunitaria intensa
de oración, estudio y amistad. Se llamaban a sí mismos "Misioneros de
Provenza".
Sin embargo, para asegurar la
continuidad en el trabajo, Eugenio tomó la intrépida decisión de ir
directamente al Papa para pedirle el reconocimiento oficial de su grupo como
una Congregación religiosa de derecho pontificio. Su fe y su perseverancia no cejaron
y, el 17 de febrero de 1826, el Papa Gregorio XII aprobaba la nueva
Congregación de los "Misioneros Oblatos de María Inmaculada". Eugenio
fue elegido Superior General, y continuó inspirando y guiando a sus hombres
durante 35 años, hasta su muerte. Eugenio insitió en una formación espiritual profunda
y en una vida comunitaria cercana, al mismo tiempo que en el desarrollo de los
esfuerzos apostólicos: predicación, trabajo con jóvenes, atención de los
santuarios, capellanías de prisiones, confesiones, dirección de seminarios,
parroquias. Él era un hombre apasionado por Cristo y nunca se opuso a aceptar
un nuevo apostolado, si lo veía como una respuesta a las necesidades de la
Iglesia. La "gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la santificación de
las almas" fueron siempre fuerzas que lo impulsaron.
Obispo de Marsella
Obispo de Marsella
La diócesis de Marsella había sido
suprimida durante la Revolución francesa, y la Iglesia local estaba
en un estado lamentable. Cuando fue restablecida, el anciano tío de
Eugenio, Fortunato de Mazenod, fue nombrado Obispo. Él
nombró a Eugenio inmediatamente como Vicario General, y la mayor
parte del trabajo de reconstruir la diócesis cayó sobre él. En pocos
años, en 1832, Eugenio mismo fue nombrado Obispo auxiliar. Su
ordenación episcopal tuvo lugar en Roma, desafiando la pretensión
del gobierno francés que se consideraba con derecho a intervenir en
tales nombramientos. Esto causó una amarga lucha diplomática y
Eugenio cayó en medio de ella con acusaciones, incomprensiones,
amenazas y recriminaciones sobre él. A pesar de los golpes, Eugenio
siguió adelante resueltamente y finalmente la crisis llegó a su
fin. Cinco años más tarde, al morir el Obispo Fortunato, fue
nombrado él mismo como Obispo de Marsella.
Un corazón grande
como el mundo
Al fundar los Oblatos de María
Inmaculada para servir ante todo a los necesitados espiritualmente,
a los abandonados y a los campesinos de Francia, el celo de Eugenio
por el Reino de Dios y su devoción a la Iglesia movieron a los
Oblatos a un apostolado de avanzada. Sus hombres se aventuraron en
Suiza, Inglaterra, Irlanda. A causa de este celo, Eugenio fue
llamado "un segundo Pablo", y los Obispos de las misiones
vinieron a él pidiendo Oblatos para sus extensos campos de misión.
Eugenio respondió gustosamente a pesar del pequeño número inicial
de misioneros y envió sus hombres a Canadá, Estados Unidos, Ceylan (Sri Lanka), Sud-Africa, Basutolandia (Lesotho). Como misioneros de su
tiempo, se dedicaron a predicar, bautizar, atender a la gente.
Abrieron frecuentemente áreas antes no tocadas, establecieron y
atendieron muchas diócesis nuevas y de muchas maneras "lo intentaron
todo para dilatar el Reino de Cristo". En los años siguientes,
el espíritu misionero de los Oblatos ha continuado, de tal modo que
el impulso dado por Eugenio de Mazenod sigue vivo en sus hombres que
trabajan en 68 países.
Pastor de su
diócesis
Al mismo tiempo que se desarrollaba
este fermento de actividad misionera, Eugenio se destacó como un
excelente pastor de la Iglesia de Marsella, buscando una buena
formación para sus sacerdotes, estableciendo nuevas parroquias,
construyendo la Catedral de la ciudad y el espectacular santuario
de Nuestra Señora de la Guardia en lo alto de la ciudad, animando a
sus sacerdotes a vivir la santidad, introduciendo muchas
Congregaciones Religiosas nuevas para trabajar en su diócesis,
liderando a sus colegas Obispos en el apoyo a los derechos del
Papa. Su figura descolló en la Iglesia de Francia. En 1856,
Napoleón III lo nombró Senador, y a su muerte, era decano de los
Obispos de Francia.
Legado de un santo
El 21 de mayo de 1861 vio a Eugenio de Mazenod volviendo hacia Dios, a la edad de 79 años, después de una vida coronada de frutos, muchos de los cuales nacieron del sufrimiento. Para su familia religiosa y para su diócesis ha sido fundador y fuente de vida: para Dios y para la Iglesia ha sido un hijo fiel y generoso. Al morir dejó a sus Oblatos este testamento final: "Entre vosotros, la caridad, la caridad, la caridad; y fuera el celo por la salvación de las almas".
Legado de un santo
El 21 de mayo de 1861 vio a Eugenio de Mazenod volviendo hacia Dios, a la edad de 79 años, después de una vida coronada de frutos, muchos de los cuales nacieron del sufrimiento. Para su familia religiosa y para su diócesis ha sido fundador y fuente de vida: para Dios y para la Iglesia ha sido un hijo fiel y generoso. Al morir dejó a sus Oblatos este testamento final: "Entre vosotros, la caridad, la caridad, la caridad; y fuera el celo por la salvación de las almas".
Al declararlo santo la Iglesia, el 3
de diciembre de 1995, corona estos dos ejes de su vida: amor y
celo. Y este es el mayor regalo que Eugenio de Mazenod, Oblato
de María Inmaculada, nos ofrece hoy.
OOOOOOOOOOO
SANTOS del día
San
Carlos José Eugenio de Mazenod
San Teopompo
San Magallanes
Beata Madre
San Timoteo Argelia
San Polieucto
San Secundino Córdoba
San Sínesio Mártir
San Nicóstrato
San Secundo Aleljandría
San Hospicio
Santa Cervellón
San Constantino Magno
San Mans
Beata Catalina Cardona
San Teopompo
San Magallanes
Beata Madre
San Timoteo Argelia
San Polieucto
San Secundino Córdoba
San Sínesio Mártir
San Nicóstrato
San Secundo Aleljandría
San Hospicio
Santa Cervellón
San Constantino Magno
San Mans
Beata Catalina Cardona
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