viernes 16 Mayo 2014
San Simon
Stock
Gran parte de su vida aparece envuelta en conjeturas. La primera referencia que ofrece algo de luz al respecto la proporciona un dominico, Gerardo de Fraschetom, contemporáneo de Simón fallecido en 1271. Otra reseña pertenece a 1430. Pero ambas aluden al santo con cierta penumbra, sin visos de estricta credibilidad. Respecto a la fecha de nacimiento, en diversos textos, que seguramente adolecen de la contrastación correspondiente, se fija la de 1165. Pero si fuese así, al asumir el oficio de general de la Orden en 1247 –hecho corroborado– tendría 82 años, algo improbable siendo que algunos aseguran que estuvo al frente de la misma veinte años. Más inverosímil cuando otros advierten que fueron cincuenta. Además, es impensable que a esta edad recorriera apostólicamente diversos países como algunos han asegurado. Por otro lado, no se puede atribuir su apellido Stock a que morase en un tronco, significado del término inglés «stock». De sus padres, infancia y demás no consta información. No se duda de que nació en Kent, y está ratificada su relevancia en la orden carmelita. Se acepta la tradición que le atribuye la aparición de María, así como la imposición del santo escapulario del Carmen. Hay quien lo ha situado en Roma como predicador itinerante y de allí partiría a Tierra Santa donde permaneció afincado un tiempo.
Seguramente, al participar en las Cruzadas sería un hombre de
cierto vigor, y estaría lleno de los ideales que impulsaron a tantos otros a
luchar para defender la fe frente a sus enemigos. Siguiendo los datos cruciales
aportados por sus hermanos de religión, se sabe que al encontrarse con los
primeros integrantes de la Orden carmelita, que estaba naciendo en el corazón
del yermo en los santos lugares, se vinculó a ellos hasta que la invasión de
los sarracenos afectó de lleno a las comunidades primigenias que se vieron
obligadas a abandonar la zona y a dispersarse por tierras lejanas. Simón formó
parte de los que regresaron a Europa y se afincó en Kent. Después, las virtudes
que le adornaron hicieron que en 1247 en el capítulo general de los carmelitas,
celebrado en Aylesford, Inglaterra, fuese elegido general, el sexto, como sucesor
de Alan. Las fuentes, que indudablemente han de ser fidedignas porque son de
sus contemporáneos, proporcionan datos que permiten configurar con rigor y
cercanía lo que fue de su vida desde este momento en el que lo designaron para
regir los caminos de todos. Su gobierno fue pródigo en bendiciones espirituales
y apostólicas. Y es que en esta misión demostró gran energía. Su incesante
actividad, fijando los pilares de la Orden (aprobada en 1274 por el concilio de
Lyon), y velando por su extensión, así lo avalan. A él se debe un cambio
estructural en la misma que de ser eremítica pasó a convertirse en cenobítica y
mendicante. Fue su impulsor en Europa. Además, con la venia de Inocencio IV,
modificó la regla de san Alberto, mitigándola.
Partidario de la vida activa, sin dejar la contemplación,
Simón tuvo el acierto de abrir casas en puntos neurálgicos culturales:
Cambridge, Oxford, París, Bolonia…, favoreciendo la formación universitaria de
los miembros más jóvenes y el aumento de vocaciones que llevaba anexa. Pero
también propagó la fundación por Chipre, Mesina, Marsella, York, Nápoles, entre
otras ciudades. Ahora bien, esta acción que podemos valorar positivamente en
estos momentos, no fue bien acogida por una parte de los carmelitas. Tenía gran
peso el hecho de que las constituciones que se redactaron en esa época hubiesen
sido aprobadas por Inocencio IV en 1247. Pero tres años más tarde sus
integrantes, que gozaban de las bendiciones de este pontífice que les había
defendido, suscitaron recelos y enconada envidia en estamentos eclesiales de
distintos países. Entre el descontento interno y la resistencia a la expansión
de la Orden por parte de aquéllos, se creó una difícil situación que acarreó a
Simón muchos sufrimientos. Y como su devoción por la Virgen María estaba por
encima de todo, a Ella acudía diariamente buscando su amparo. El 16 de julio de
1251 –extremo este de la fecha no constatado aunque es el más extendido–
hallándose en oración en Cambridge, se le apareció María acompañada de una
multitud de ángeles. Portaba en sus manos el escapulario que le entregó,
diciéndole: «Este será
privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el
fuego eterno; es decir, el que con él muriese se salvará». Así está consignado en el catálogo de los santos de la
Orden. En el siglo XIII Guillermo de Sandwich O.C. se hizo eco en su «Crónica» de esta aparición, momento
también en el que la Virgen le prometió la ayuda del papa. Hacia 1430 Johannes
Grossi en su «Viridarium» dio cuenta del hecho, posteriormente documentado en 1642
con un escrito dictado por el propio Simón a su confesor, secretario y amigo
Peter Swanyngton. Además, ahí está la innegable fuerza de la tradición que lo
ha mantenido vivo, acrecentando la devoción al santo escapulario, que ha sido
secundada por diversos pontífices a través de varias indulgencias. Esta piedad
recogida en la liturgia carmelita consta de dos hermosas composiciones
dedicadas a María, cuya autoría se atribuye a Simón: «Flos Carmeli» y «Ave Stella Matutina», símbolo de su amor a la Madre de
Dios. El santo, conocido como «el amado de María»,
murió hacia 1265 en Bordeaux, Francia –algunos establecen la fecha como el 16 de mayo de
ese año– mientras se hallaba de visita en la provincia de Vasconia. En 1951 sus
restos se trasladaron al convento de Aylesford de Kent. En el siglo XVI la Orden insertó su culto en su
calendario litúrgico, incluida en la reforma del mismo emprendida tras el
Concilio Vaticano II. En 1983 Juan Pablo II lo denominó «El santo del escapulario».
OOOOOOOOOOOOOOOOOOO
No hay comentarios:
Publicar un comentario