viernes 23 Mayo 2014
San Juan Rossi
San Juan Bautista de Rossi
San Juan Bautista de Rossi, nació el 22 de febrero de 1698 en Voltaggio (Italia). Se ordenó sacerdote el 8
de marzo de 1721. Sacerdote ejemplar que se distingue por su caridad y
predilección constante por los más desatendidos.
Canónigo de la basílica de Santa
María in Cosmedin desde 1731, ejerce su ministerio en
Roma donde se le recuerda como al "padre de los pobres" y al
"amigo de los humildes".
Fue canonizado por León XIII el 8 de
diciembre de 1881
Oremos
Señor Dios todopoderoso, que nos has revelado que el amor a Dios y al prójimo es el compendio de toda tu ley, haz que, imitando la caridad de San Juan Bautista Rossi, seamos contados un día entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-
Santo(s)
del día
San
Crispin
de Viterbo
San Juan Rossi
Romano el Meloda
San Eutiquio Nursia
San Desiderio Langres
San Epitacio
San Quinciano África
San Desiderio Viena
San Miguel Sinada
San Mercurial
San Eufebio
San Juan Rossi
Romano el Meloda
San Eutiquio Nursia
San Desiderio Langres
San Epitacio
San Quinciano África
San Desiderio Viena
San Miguel Sinada
San Mercurial
San Eufebio
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
Romano el Meloda
Nacido en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs) en Siria. Teólogo,
poeta y compositor, pertenece al grupo de teólogos que ha transformado la
teología en poesía. Pensemos en su compatriota, san Efrén de Siria, quien vivió
doscientos años antes que él.
Y pensemos también en teólogos de Occidente, como san Ambrosio,
cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el
corazón; o en un teólogo, un pensador de gran vigor, como santo Tomás, que nos
ha dejado los himnos de la fiesta del Corpus Christi; pensemos en san Juan de
la Cruz y en otros muchos.
La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría
y por ello crea belleza. Romano el Meloda es uno de éstos, poeta y
teólogo compositor. Aprendió las bases de la cultura griega y siríaca en su
ciudad natal, se transfirió a Berito (Beirut), perfeccionando la instrucción
clásica y los conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al
año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años.
Después se transfirió a Constantinopla, hacia el final del reino de
Atanasio I (en torno al año 518), y allí se estableció en el monasterio en la
iglesia de la Theotókos, Madre de Dios. Allí tuvo lugar
un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición en
sueños de la Madre de Dios y sobre el don del carisma poético.
María, de hecho, le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al
despertar, a la mañana siguiente, era la fiesta de la Navidad, Romano se puso a
declamar desde el ambón: «Hoy la Virgen da a luz al Trascendente» (Himno sobre
la Navidad I. Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta
su muerte (tras el año 555).
Romano ha pasado a la historia como uno de los autores más
representativos de himnos litúrgicos. La homilía era entonces, para los fieles,
prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Romano se presenta
como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época, así como de un
método vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos
darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad
del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de
aquella época.
El lugar en el que predicaba Romano era un santuario de las afueras
de Constantinopla: se subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se
dirigía a la comunidad recurriendo a una representación bastante elaborada:
utilizaba representaciones en las paredes o iconos sobre el ambón y se servía
también del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas Kontákia.
El término kontákion, «pequeña vara», parece que hace referencia al
pequeño bastón en torno al que se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico
o de otro tipo. Los Kontákia, que se han conservado bajo el nombre de Romano,
son 89, pero la tradición le atribuye mil. En Romano,
cada kontákion se compone de estrofas, en su mayoría de 18 a 24, con el mismo
número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo);
los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas se modelan según los
del irmo.
Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), en general
idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa
indican el nombre del autor (acrostico), precedido frecuentemente con el
adjetivo «humilde». Una oración que hace referencia a los hechos celebrados o
evocados concluye el himno. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el
Proemio, en general en forma de oración o súplica. Anunciaba así el tema de la
homilía y explicaba el estribillo que se repetía en coro al final de cada
estrofa, declamada por él con una modulación de voz elevada.
Un ejemplo significativo es el kontakion con motivo del Viernes de
Pasión: es un diálogo entre María y el Hijo, que tiene lugar en el camino de la
Cruz. María dice: «¿Adónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el
camino de tu vida?/ Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este
estado,/ ni podría imaginar nunca que llegarían a este nivel de furor los
impíos/echándote las manos encima contra toda justicia». Jesús responde: «¿Por
qué lloras, madre mía? [...]. ¿No debería irme? ¿No debería morir?/ ¿Cómo
podría salvar a Adán?».
El hijo de María consuela a la madre, pero le recuerda su papel en
la historia de la salvación: «Depón, por tanto, madre, depón tu dolor:/ no es
propio de ti el gemir, pues fuiste llamada "llena de gracia"» (María
a los pies de la cruz, 1-2; 4-5). En el himno sobre el
sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac.
Abraham dice: «Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras,/ al conocer
tu voluntad, me dirá:/-Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos
lo ha dado?/[...] -Tú, anciano, déjame mi hijo,/y cuando quiera quien te ha
llamado, tendrá que decírmelo a mí» (El sacrificio de Abraham, 7).
Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo,
cercano al lenguaje del pueblo.
Quisiera citar un ejemplo de la manera viva y muy personal con la
que hablaba del Señor Jesús: le llama «fuente que no quema y luz contra las
tinieblas», y dice: «Yo anhelo tenerte en mis manos como una lámpara;/ de
hecho, quien lleva una luz entre los hombres es iluminado sin quemarse./
Ilumíname, por tanto, Tú que eres Luz inapagable» (La Presentación o Fiesta del
encuentro, 8).
La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran
coherencia entre sus palabras y su vida. En una oración dice: «Aclara mi
lengua, Salvador mío, abre mi boca/ y, después de haberla llenado, penetra mi
corazón para que mi actuar/ sea coherente con mis palabras» (Misión de los
Apóstoles, 2). Examinemos ahora algunos de sus temas principales.
Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de
Dios en la historia, la unidad entre creación e historia de la salvación,
unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento. Otro tema importante es la
pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo.
En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que se da entre
Cristo, ascendido al cielo, y los apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su
acción misionera en el mundo: «[...] con virtud divina han conquistado a todos
los hombres;/ han tomado la cruz de Cristo como una pluma,/ han utilizado
palabras como redes y con ellas han pescado por el mundo,/ han tenido el Verbo
como agudo anzuelo,/ para ellos ha servido de cebo/ la carne del Soberano del
universo» (Pentecostés 2;18). Otro tema central es, claro está, la
cristología.
No se mete en el problema de los conceptos difíciles de la teología,
sumamente discutidos en aquel tiempo, y que también laceraron la unidad no sólo
entre los teólogos, sino incluso entre los cristianos en la Iglesia. Predica
una cristología sencilla, pero fundamental, la cristología de los grandes
Concilios.
Pero sobre todo se acerca a la piedad popular, de hecho los
conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento
del corazón cristiano, y de este modo Romano subraya que Cristo es verdadero
hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero Hombre-Dios es una sola persona,
las síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la
voz del mismo Verbo de Dios. «Era hombre -dice-- Cristo, pero también era
Dios,/ ahora bien, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es
uno solo» (La Pasión 19).
Por lo que se refiere a la mariología, en acción de gracias a la
Virgen por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi
todos los himnos y le dedica sus kontákia más bellas: Natividad, Anunciación,
Maternidad divina, Nueva Eva. Por último, las enseñanzas morales
están relacionadas con el juicio final (Las diez vírgenes [II]). Nos lleva
hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez
justo, y por ello exhorta a la conversión en la penitencia y en el ayuno. El
cristiano debe practicar la caridad, la limosna.
Acentúa el primado de la caridad sobre la continencia en dos himnos,
las Bodas de Caná y Las diez vírgenes. La caridad es la más grande de las
virtudes: «[...] Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta,/
pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto./ Las otras brillaron
para las lámparas del amor por la humanidad,/ por eso las invitó el esposo»
(Las diez vírgenes, 1). Humanidad palpitante, ardor de fe, profunda
humildad rezuman los cantos de Romano el Meloda.
Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la
cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con
Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es
Amor, nace la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva,
esta herencia cultural tampoco muere, sino que sigue estando viva y presente.
Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes, no son
cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos
medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos «en casa»: donde encontramos
a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música --el
gregoriano o Bach o Mozart-- es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad
de la liturgia y de nuestra fe . Si la fe está viva, la
cultura cristiana no se queda en algo «pasado», sino que sigue viva y presente.
Y si la fe está viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre
se repite en los Salmos: «Cantad al Señor un cántico nuevo».
Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la
herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una
sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos
suyos. Su Santidad Benedicto XVI ; Romano el Meloda, escritor
bizantino.
Oremos
Vosotros sois luz del mundo y ardiente sal de la tierra, ciudad
esbelta en el monte, fermento en la masa nueva. Vosostros sois los
sarmientos, y yo la Vid verdadera; si el Padre poda las ramas, más fruto llevan
las cepas. Vosotros sois la abundancia del reino que ya está cerca,
los doce mil señalados que no caerán en la siega. Dichosos, porque
sois limpios y ricos en la pobreza, y es vuestro el reino que sólo se gana con
la violencia. Amén Confesamos, Señor, que sólo tú eres
santo y que sin ti nadie es bueno, y humildemente te pedimos que la intercesión
de Romano el Meloda venga en nuestra ayuda para que de tal forma vivamos en el
mundo que merezcamos llegar a la contemplación de la gloria. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo.
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
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