jueves 04
Septiembre 2014
Nuestra Señora La Consolata
En realidad no sabemos
exactamente en que año se comenzó a llamar a la Virgen bajo la advocación de
Nuestra Señora de la Consolata. De hecho, recién a fines
del siglo XIV este nombre aparece por primera vez en un documento
escrito.
Al comienzo y por muchos años se venero a la Madre de Dios con el nombre de Virgen de la Consolación 0 de María Consoladora. Luego, con el correr del tiempo, la palabra Consolación fue modificada de acuerdo a la len guía popular piamontesa y truncada en Consolata.
Más tarde este titulo tomé un sentido muy particular: la Virgen ya no es solo la que consuela sino también la que es consolada. Así el pueblo mismo invento este titulo que indica que no solo hay que esperar consolación de la Virgen sino también consolarla a Ella. En efecto, el mismo Dios le concedió la consolación mas exaltante y profunda haciéndola Madre de su hijo: de Jesús el Consolador de toda la humanidad.
Pero, si los datos sobre el origen del nombre son un tanto inciertos, en cambio, si conocemos el lugar en el cual fue desarrollándose esta devoción y quienes fueron sus principales impulsores.
Los primeros que veneraron a la Virgen de la Consolación y propagaron su devoción, fueron los monjes benedictinos que poblaron los distintos monasterios de los valles alpinos del Piamonte. Entre ellos recordamos especialmente los de la abadía de la Novalesa (localidad situada cerca de la ciudad de Susa, en Piamonte), fundada en el ano 726 por un noble de origen francés llamado Abbone. Como era característica de todos los monasterios de la edad media, también los monjes de la Novalesa practicaban una especial devoción a la Madre de Dios. Ellos cultivaron y cuidaron con tanto amor esta devoción "hasta hacerla crecer como un fuerte arb0l.” Así la Madre de Dios acompañó a los benedictinos en su crecimiento espiritual y en la tarea que, a favor del progreso material y espiritual de los pobladores del lugar, llevaron adelante en los valles del Piamonte.
Al comienzo y por muchos años se venero a la Madre de Dios con el nombre de Virgen de la Consolación 0 de María Consoladora. Luego, con el correr del tiempo, la palabra Consolación fue modificada de acuerdo a la len guía popular piamontesa y truncada en Consolata.
Más tarde este titulo tomé un sentido muy particular: la Virgen ya no es solo la que consuela sino también la que es consolada. Así el pueblo mismo invento este titulo que indica que no solo hay que esperar consolación de la Virgen sino también consolarla a Ella. En efecto, el mismo Dios le concedió la consolación mas exaltante y profunda haciéndola Madre de su hijo: de Jesús el Consolador de toda la humanidad.
Pero, si los datos sobre el origen del nombre son un tanto inciertos, en cambio, si conocemos el lugar en el cual fue desarrollándose esta devoción y quienes fueron sus principales impulsores.
Los primeros que veneraron a la Virgen de la Consolación y propagaron su devoción, fueron los monjes benedictinos que poblaron los distintos monasterios de los valles alpinos del Piamonte. Entre ellos recordamos especialmente los de la abadía de la Novalesa (localidad situada cerca de la ciudad de Susa, en Piamonte), fundada en el ano 726 por un noble de origen francés llamado Abbone. Como era característica de todos los monasterios de la edad media, también los monjes de la Novalesa practicaban una especial devoción a la Madre de Dios. Ellos cultivaron y cuidaron con tanto amor esta devoción "hasta hacerla crecer como un fuerte arb0l.” Así la Madre de Dios acompañó a los benedictinos en su crecimiento espiritual y en la tarea que, a favor del progreso material y espiritual de los pobladores del lugar, llevaron adelante en los valles del Piamonte.
Oh Madre querida:
Se tú el consuelo único y perenne de la Iglesia a la que amas y proteges.
Consuela a las comunidades cristianas en su cotidiano peregrinar de la fe.
Consuela a los llevan en sus vidas, profundas heridas por dramáticas situaciones de opresión, violencia, marginación.
Consuela a todos los que sienten en el corazón una ardiente necesidad de amar y ser amados.
Consuela a los jóvenes inmersos en el torbellino de falsas opciones que los asfixian y sofocan, desorientándolos y desanimándolos.
Consuela a todos los que entregan sus vidas para salvaguardar los ideales de la vida.
Oh Madre Consolata:
Que tu presencia consoladora nos anime a dar testimonio fecundo de nuestra fe para que podamos defender, con coraje y verdad, la dignidad de cada ser humano, en la justicia, en la paz y el amor.
Ayúdanos en la construcción de una sociedad fraterna, donde prevalezcan los frutos del Reino de tu Hijo Jesús.
Amén.
OOOOOOOOO
jueves 04
Septiembre 2014
Santa Rosalía
Santa Rosalía
Virgen, (1130-1160)
La patrona de Palermo
(Italia), que goza de una gran devoción en Sicilia lo mismo que las mártires Agueda de Catama y Lucía de Siracusa, no
tiene una historia igualmente rica de testimonios y tradiciones.
Parece que la santa, a los
tres años de su muerte, pensó en colmar esta laguna apareciéndose a una mujer
enferma, y ordenándole que fuera en peregrinación a la iglesita sobre el monte Pellegrino, un áspero promontorio que
cierra el golfo de Palermo y le dijo el lugar donde se encontraban sus restos.
Los huesos hallados en una
gruta excavada entre las piedras no tenían ninguna inscripción que señalara su
pertenencia. Al principio se pensó que no se trataba de restos humanos. El
arzobispo de Palermo, Giannettino Doria, nombró una comisión
de expertos, médicos y teólogos se pronunció por la autenticidad de las
reliquias.
Esto suscitó la devoción
popular, y el Papa Urbano VIII, en 1630, incluyó el nombre de la santa en el
Martirologio Romano para el 15 de julio y el 4 de septiembre. En
ese mismo tiempo, y precisamente el 25 de agosto 1624, cuarenta días después
del hallazgo de los huesos, dos albañiles, mientras trabajaban en el convento
dominico de San Esteban de Quisquina, encontraron en una gruta una inscripción latina, muy
rudimental, que decía:
" yo Rosalia Sinibaldi, hija de las rosas del
Señor, por amor de mi Señor Jesucristo he decidido vivir en esta caverna de Quisquina».
Esto confirmaba en parte
las tradiciones orales, recogidas por el mismo Gaietani, que hablaban de Rosalia, que nació en Palermo y
vivió durante algunos años en la corte de la reina Margarita, esposa del rey
Guillermo I de Sicilia (1154-1166). La reina le regaló el monte Pellegrino, y Rosalia fue a vivir allí por la
soledad que ofrecía.
Vivió haciendo penitencia,
y allí murió después de haber peregrinado por otros lugares más desiertos,
siguiendo el ejemplo de los antiguos anacoretas.
Oremos
Tú, Señor, que te complaces en habitar en los limpios y sinceros de corazón, por intercesión de Santa Rosalía, virgen, concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre entre nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
OOOOOOOO
jueves 04
Septiembre 2014
Santa Rosa Viterbo
Gertrudis von le Fort ha escrito que la verdadera genialidad de la mujer se encuentra en lo religioso, y que el mundo profano no ha dado a la historia nombres comparables a Juana de Arco o a Catalina de Sena. Rosa de Viterbo se halla en la línea de lo genial en el mundo religioso.
El barrio gótico de Viterbo
es uno de los lugares más evocadores de la Edad Media. Cuando se
habla de aquella época hay que evitar dos escollos: o considerarla
como la edad ideal del cristianismo, a fijarse sólo en sus defectos,
que los tuvo. Sin embargo, prevalecen los aspectos positivos. En
ninguna otra edad de la historia se dejó sentir tan intensamente el
influjo del cristianismo en la vida pública y privada, política y
social, cultural y artística. Un verdadero y sentido universalismo
unió a los pueblos bajo la dirección del Papa y del emperador. Todos
tenían fe, y se sujetaban gustosos al magisterio de la Iglesia, no
faltando, naturalmente, las excepciones. ¿Qué otro tiempo puede
gloriarse de creaciones como las universidades, las catedrales, las
cruzadas, la Suma de
Santo Tomás y la Divina Comedia de Dante? Los héroes que se llevaban las
simpatías de todos eran los santos. Santos del calibre de un Tomás
de Aquino, de un Domingo, de un Francisco de Asís.
Rosa nació en Viterbo en
1235. Viterbo formaba parte entonces del patrimonio de San Pedro. En
1216 había muerto Inocencio III, a quien se ha llamado el Augusto
del pontificado. Con él se llegó a la cúspide de la autoridad de la
Iglesia sobre el mundo. Pero, a su muerte, el emperador Federico II
estuvo en lucha constante con los papas Gregorio IX e Inocencio IV.
De la lucha salieron debilitados los dos poderes, el imperial y el
pontificio. Se acercaban días malos para la Iglesia.
Los padres de Rosa eran
pobres y excelentes cristianos. Ya en su más tierna infancia todos
se dieron cuenta de que Dios tenía grandes planes sobre ella. De
verdad que es asombrosa la mezcla de lo natural y de lo sobrenatural
en su vida. En vez de entregarse a los juegos propios de su edad, se
pasaba largos ratos ante las imágenes de los santos, especialmente
si eran imágenes de la Virgen Santísima. Impresionaba la atención
con que oía a sus padres cuando hablaban de cosas de Dios. Desde muy
pequeña sintió ansias de vivir en soledad, ansias que casi nunca se
realizaron del todo. Y siempre fue una enamorada de la penitencia.
Los viterbianos se avezaron a ver por sus
calles a una niña, que iba siempre descalza y con los cabellos en
desorden. Grandes eran sus austeridades en la comida, llegando a
pasarse días enteros con un poco de pan. Pan que muchas veces iba a
parar a la boca de los pobres, otra de sus santas debilidades.
Corría tras los pobres y con cariño inmenso les ofrecía todo cuanto
tenía. Si fuera de su casa era caritativa, es fácil imaginar el
respeto y amor con que mimaba a sus padres.
En Viterbo había un
convento de religiosas, llamado de San Damián. A sus puertas llamó
nuestra heroína, pero inútilmente, porque era pobre y porque era
niña. Entonces decide convertir su casa en un claustro. Allí se
excedía santamente en las penitencias corporales, llegando a
disciplinarse hasta perder el conocimiento. Los de su casa intentan
apartarla del camino emprendido, pero es tanta la gracia
humano-divina que se refleja en toda su persona, que convence
a todos. Y las horas de oración se sucedían sin
interrupción en su vida.
A los ocho años, víctima de
sus penitencias, contrae una gravísima enfermedad, que dura quince
meses. Fue milagrosamente curada por la Santísima Virgen, quien le
mandó tomar el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, hábito
que recibió en la iglesia de Santa María. Aquel
día empezó su vida de apóstol. Al salir de la iglesia
predicó con tal fervor sobre la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y
los pecados de los hombres, que todos se volvieron compungidos a sus
casas, mientras ella regresaba gustosa a su soledad. Día tras día
toda la ciudad, atónita, oyó sus predicaciones.
Difícilmente comprendemos hoy el ardor con que las multitudes
medievales iban tras el predicador de la palabra de Dios, las
conversiones, las públicas reconciliaciones que provocaba, por
ejemplo, un San Antonio de Padua. Y si el predicador resultaba ser
una niña de pocos años...
No faltaron las
contradicciones ni las penas. Los partidarios de Federico II,
enemigos de la Santa Sede, en seguida la hicieron objeto de sus
ataques. Tras las mofas y las calumnias vino el destierro. Todo ello
sirvió para demostrar el temple de aquella niña, quien, como los
apóstoles en otro tiempo, dijo que no podía dejar de predicar la
divina palabra. Y la Providencia se valió de la malicia de
sus perseguidores para que la semilla de la verdad fructificara en
otras partes. Con sus padres tuvo que salir de noche de Viterbo,
mientras la nieve barría los caminos. Agotados por el cansancio y el
sufrimiento, llegaron al día siguiente al pueblo de Soriano. Sin
embargo, todos los sufrimientos físicos se desvanecieron ante el
dolor de su alma por la disolución moral de aquellas gentes. Allí
continúa predicando, y su predicación se convierte, al cabo de
algunos meses, en abundantes conversiones. Acuden también a oírla
hombres y mujeres de los pueblos vecinos. A sus oyentes un día les
anunció la muerte de Federico II, ocurrida en Fiorentino de Puglia el 13 de diciembre
de 1250. Al fin de su vida el emperador se reconcilió con la
Iglesia.
Y los pueblos de Vitorchiano, Orvieto, Acquapendente, Montefalcone y Corneto, oyeron,
extrañados y al fin convencidos, la voz de aquella niña que atraía
con su sola presencia, y que, si era preciso, confirmaba su
predicación con milagros. Uno de los defectos que se achacan, con
razón, a la Edad Media es la excesiva credulidad con que admitía los
hechos extraordinarios. Hoy los biógrafos de nuestra Santa rechazan
algunos de los milagros que se le atribuyeron, pero sin duda ninguna
que hizo grandes milagros, porque de otro modo no se explica
la polvareda espiritual que su paso levantó por todas partes. Su
vida entera era un milagro.
A los dieciocho meses de
haber salido de su pueblo natal pudo regresar a él, después de la
muerte de Federico II. El pueblo entero salió a recibir a la mujer
extraordinaria, contentos todos de recuperar aquel tesoro, que ahora
apreciaban más después de haberlo perdido.
A pesar de sus triunfos
apostólicos, su alma deseaba la soledad, para entregarse más
decididamente a la oración y a la penitencia. Es la constante
historia de todos los verdaderos apóstoles. San Bernardo había
escrito poco tiempo antes que el apóstol debe ser concha y no simple
canal.
Por segunda vez intenta
entrar en un convento. Esta vez el monasterio lleva el bonito nombre
de Santa María de las Rosas. Pero por segunda vez se le cierran las
puertas del claustro. Dios no la destinaba a la vida religiosa.
Y por consejo de su
confesor, Pedro de Capotosti, decide
de nuevo convertir su casa en el claustro soñado; esta vez, sin
embargo, tendrá que preocuparse de la santificación de otras
almas. Algunas amigas suyas de Viterbo se unen a ella para guardar
silencio, cantar salmos y oír sus exhortaciones espirituales. Ante
la constante afluencia de nuevas jóvenes, el confesor de Rosa les
compra un terreno cerca de Santa María de las Rosas. Allí floreció
una comunidad que tomó la regla de la Orden Tercera de San
Francisco.
De nuevo las humanas
pequeñeces estorbaron la obra de Dios. Inocencio IV suprimió la
obra, a indicación de las monjas de San Damián.
El biógrafo de San
Francisco de Asís, Tomás de Celano,
dice que «cantando recibió la muerte». Un canto de alegría fue
también la muerte de Rosa. Gastada prematuramente por las
penitencias y el apostolado, se preparó para salir al encuentro del
Esposo de las vírgenes. Al recibir el viático quedó largo rato en
altísima contemplación. Cuando volvió en sí se le administró
la extremaunción. Pidió perdón a Dios de todos sus pecados
y se despidió de sus familiares con la exquisita caridad de
siempre. Jesús, María, fueron sus últimas palabras. Tenía diecisiete
años y diez meses.
Puede fácilmente imaginarse
el dolor de los viterbianos. ¡Había sido tan rápido su paso sobre la
tierra! Su cuerpo, que despedía un perfume muy agradable, fue
sepultado en Santa María.
Inocencio IV inició su
proceso de canonización, pero la muerte le impidió terminarlo.
Entonces nuestra Santa se aparece a Alejandro IV, que a la sazón se
hallaba en Viterbo, y le indica que traslade su cuerpo a la iglesia
de San Damián. Se organizó una magnífica procesión, presidida por
el Papa, a quien acompañaban cuatro cardenales, para el traslado de
sus reliquias a la iglesia aludida. Desde entonces el monasterio se
llama de Santa Rosa.
Nicolás V ordenó al consejo
de la villa de Viterbo que en la precesión de la Candelaria tres
cirios de cera blanca recordaran a todos la luz de su apostolado, su
amor a Dios y a los hombres, y su blancura virginal.
Calixto III la colocó en el
catálogo de los santos. Desde su muerte, el lugar que guarda su
cuerpo incorrupto ha sido centro de constantes peregrinaciones. En
1357 ocurrió en Viterbo un gran milagro. Quedó reducida a cenizas la
capilla que guardaba sus reliquias, y se quemó la caja que las
contenía; el cuerpo santo sólo cambió un poco de color.
Aunque su muerte ocurrió el
día 6 de marzo de 1252, su fiesta se celebra el día 4 de septiembre,
por ser el aniversario de la solemne traslación.
De le representa recibiendo
la sagrada comunión junto a un altar, y viendo en sueños los
instrumentos de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
¿La lección de Rosa? Yo
diría que es una lección de sobrenaturalismo. Nuestro siglo XX,
escéptico ante lo extraordinario, y excesivamente enamorado de lo
humano, conviene recuerde que Dios tiene marcada preferencia por servirse
de instrumentos inadecuados para obtener sus victorias. Sobre todo
deberían recordar frecuentemente la vida y la obra de Rosa de
Viterbo todos los que se dedican al apostolado.
José María
Cases, Santa
Rosa de Viterbo, Virgen, en Año Cristiano, Tomo I, Madrid,
Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 510-515
OOOOOOOOOOO
Santo(s) del día
Santa
Rosa Viterbo
Santa Rosalía
Nuestra Señora La Consolata
Beata María de santa Cecilia Romana (Dina Bélanger)
San Rufino Ancira
San Marcelo Chalons
San Casto España
San Marcelo Tréveris
San Tamel
San Teodoro, S. I
San Marino Rimini
Santa Rosalía de Palermo
Santa Cándida Viuda
San Moisés (A.T.)
San Bonifacio I
San Caletrico de Chartres
Santa Ida de Herzfeld
San Fredaldo de Mende
Santa Irmgarda de Lotaringia
Beato Nicolás Rusca
Beata Catalina Mattei
Beato Escipión Jerónimo Brigéat de Lambert
Beata María de Santa Cecilia Romana Belanger
Beato José Pascual Carda Saporta
Beato Francisco Sendra Ivars
Beato Berardo Bleda Grau
Santa Rosalía
Nuestra Señora La Consolata
Beata María de santa Cecilia Romana (Dina Bélanger)
San Rufino Ancira
San Marcelo Chalons
San Casto España
San Marcelo Tréveris
San Tamel
San Teodoro, S. I
San Marino Rimini
Santa Rosalía de Palermo
Santa Cándida Viuda
San Moisés (A.T.)
San Bonifacio I
San Caletrico de Chartres
Santa Ida de Herzfeld
San Fredaldo de Mende
Santa Irmgarda de Lotaringia
Beato Nicolás Rusca
Beata Catalina Mattei
Beato Escipión Jerónimo Brigéat de Lambert
Beata María de Santa Cecilia Romana Belanger
Beato José Pascual Carda Saporta
Beato Francisco Sendra Ivars
Beato Berardo Bleda Grau
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