domingo
06 Julio 2014
Beata
Nazaria Ignacia March Mesa
Junto a María Goretti y a otros santos y beatos, la Iglesia incluye hoy en el santoral a esta española que tuvo la gracia de percibir la llamada de Cristo siendo niña y de acogerla cumpliendo su palabra con absoluta fidelidad en el seguimiento hasta el final de sus días.
Vino al mundo en
Madrid, junto a su hermana melliza, el 10 de enero de 1889. Fueron dieciocho
vástagos los que nacieron en su cristiano hogar, de los cuales sobrevivieron
diez. El momento crucial destacado por sus biógrafos, por arrancar de él su
vocación, se produjo a sus 9 años, el día que recibió por vez primera el Cuerpo
de Cristo. Las divinas palabras, escuetas, claras, directas, fueron: «Tú, Nazaria, sígueme». Al igual
que hicieron los primeros discípulos cuando fueron seleccionados del mismo
modo, no titubeó. Aseguró: «Te seguiré, Jesús, lo más cerca que pueda una
humana criatura». Estaba en las antípodas del joven rico que dio la espalda a
Cristo y de otros que antepusieron a Él diversas ocupaciones. El primer paso
que dio la beata fue consagrarle íntimamente su virginidad. Su padre tenía ante
sí la ardua tarea de sacar adelante a su numerosa prole y se afincó en Sevilla;
desde allí realizó varios viajes a América. Antes de partir con la familia,
sobre Nazaria recayeron dos
vaticinios. Uno de ellos provino de santa Ángela de la Cruz; le dijo: «Tú irás
a América, y volverás con compañeras». El otro fue del jesuita P. Tarín, quien
precisó certero: «Hija mía, Dios te ama mucho. Ánimo y adelante. Dentro de unos
tres años, Dios te empezará a colmar tus deseos, después te los colmará todos,
todos». Era el Jueves Santo de 1906, y ella sustituía a una pobre que debía
haber participado en la liturgia del lavatorio de los pies, en el domicilio de
la condesa de Casa Galindo.
Tenía 18 años cuando
los suyos se embarcaron rumbo a México. En el trayecto hubo una escala en Cuba,
y allí observó el talante de dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados que
habían realizado el viaje sin hacerse notar, eligiendo los asientos menos valorados,
y cuyo rostro dejaba traslucir su gran humildad. Ese desarraigo de las cosas de
mundo conmovió a Nazaria, que hacía años se
sentía llamada a la vida misionera, y decidió unirse a ellas. Realizó el
noviciado en España y al conocer que necesitaban voluntarias para América, se
ofreció de inmediato movida por su afán apostólico. Su primer destino fue
Oruro, Bolivia, y su misión: pedir limosna para los ancianos. No era agradable,
menos aún cuando alguna vez recibía por ello un trato grosero. Pero se
esforzaba con agrado, poniendo sobre el tapete su arrolladora simpatía,
pensando en Cristo y en las personas de avanzada edad que no tenían a nadie más
que a ellas. Las calles de la ciudad, recorridas de forma incansable, iban
desnudándose ante sus ojos; veía, más allá de recodos y muros, el vacío, la
soledad y carencias elementales que formaban parte de la vida de tantos
desheredados. Formó parte de la comunidad de Hermanitas doce años.
Tras la lectura de
la vida de Catalina de Siena, que le sugirió el nuncio del papa en Bolivia, se
sintió llamada a formar una cruzada al servicio del pontífice. Coincidió que la
víspera de Pentecostés de 1920 visitó el Beaterio de Nazarenas de Oruro, que se
hallaba en delicada situación, y en el que tenía puesta su mirada el obispo, y
sintió esta locución: «Tú serás fundadora y esta casa tu primer convento». Ese
mismo año realizó los ejercicios de san Ignacio de Loyola, y comprendió
claramente que la vía que debía seguir era instituir una congregación integrada
«bajo el estandarte de la cruz» que estuviera «en torno a la Iglesia» en una
«cruzada de amor». En enero 1925 emitió voto de obediencia al papa y abrió su
corazón a Mons. Antezana. Ambos convinieron
en pedir una prueba a Dios para saber si debía fundar: poder entrevistarse con
el nuncio el 12 de febrero de ese año. En marzo Mons. Cortesi dio su visto bueno:
«Ha llegado la hora y usted deberá ponerse al frente de este nuevo Instituto».
El beaterío fue el lugar donde quedó instaurada su obra, tal como se le
anunció. Ella añadió a su voto de obediencia, el de trabajar por la unión y
extensión de la Iglesia. En febrero de 1927 profesaron las primeras religiosas.
En 1930 fue unánimemente elegida superiora general. Asentó en el corazón
de todas este afán: «En amar, obedecer y cooperar con la Iglesia en su obra de
predicar el Evangelio a toda criatura, está nuestra vida, el ser lo que somos».
«Este es nuestro espíritu: guerrero, fiel, nada de cobardías,
todos amores, amor sobre todo a Cristo y en Cristo a todos. Repartirse entre
los pobres, animar a los tristes, dar la mano a los caídos; enseñar a los hijos
del pueblo, partir su pan con ellos, en fin, dar toda su vida, su ser entero
por Cristo, la Iglesia y las almas».
Viajó a Roma y
mantuvo dos emotivas audiencias con Pío XI. En la segunda el pontífice la vio
tan firme en su anhelo de trabajar por la sede de Pedro representada en él, que
puntualizó: «Sí, y por Pedro a Cristo». Al añadir que estaban dispuestas a
morir por la Iglesia, nuevamente el papa matizó: «¿Morir,
hija mía? Morir, no. Vivir, vivir y trabajar mucho por la Iglesia». La fundación fue
aprobada en de 1935. Ella la extendió por Bolivia, Argentina –a demanda del
nuncio apostólico en el país, Mons. Cortesi–, Uruguay y también por España,
donde se hallaba en 1936. Inmersa en la guerra civil, la comunidad entera fue
apresada; su destino: morir bajo los fusiles a manos de los milicianos, como
tantos otros. Acogieron el hecho con tal gozo que los dejaron estupefactos. No
podían entender que para ellas, que habían recibido la Eucaristía previamente,
entrar en la vida eterna era el más preciado galardón. Pero las leyes
consulares uruguayas y bolivianas, regidas por el derecho internacional,
impidieron su ajusticiamiento. El 6 de julio de 1943 Nazaria entregaba su alma a
Dios en Buenos Aires. Juan Pablo II la beatificó el 27 de septiembre de 1992.
Sus restos se veneran en Oruro.
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Santo(s)
del día
San
Isaías
Beata Nazaria Ignacia March Mesa
Santa Ciriaca de Nicodemia
San Sisoes de Egipto
San Tomás Moro
Beato Tomás Alfield
Beato Agustín José Desgardin
Beata Susana Águeda de Loye
Beata Nazaria March
Santa María Goretti
Beata Nazaria Ignacia
San Tranquilino
San Rómulo Piésole
Santa Dominica
San Goar
San Gervasio Mans
Santa Mectilde
San Amando Besancon
Beata Nazaria Ignacia March Mesa
Santa Ciriaca de Nicodemia
San Sisoes de Egipto
San Tomás Moro
Beato Tomás Alfield
Beato Agustín José Desgardin
Beata Susana Águeda de Loye
Beata Nazaria March
Santa María Goretti
Beata Nazaria Ignacia
San Tranquilino
San Rómulo Piésole
Santa Dominica
San Goar
San Gervasio Mans
Santa Mectilde
San Amando Besancon
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