lunes 28
Julio 2014
San Sarbeliusz Makhluf
San Sarbeliusz Makhluf
Sacerdote del siglo XIX
nació en la localidad de Kafra Biga en el Líbano en el
año 1828. Después de entrar en la Orden de maronitów libanés adoptó el nombre Sarbeliusz.
Ordenado de
sacerdote, desean vivir en el estricto aislamiento y lograr una mayor
excelencia, con un monasterio en Annaja
entró en el desierto, donde sirvió a Dios a través de una estricta vida de
oración y la continuación de los puestos.
Murió el 24 de diciembre de
1898.
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lunes 28 Julio 2014
Santa Catalina Thomas
Santa Catalina Thomas
(† 1574)
Hay vidas de santos
realmente espectaculares. Santos que producían o calmaban tempestades. Santos
que desencadenaban plagas tremendas. Santos que obraban prodigios con las
multitudes. Como la santidad es más un camino que un esquema, resulta que los
santos marchan por ese camino con muy distinta andadura. Y junto a ese santo
taumaturgo de los fantásticos prodigios, están los santos como esta muchachita
mallorquina, Catalina Thomás. Su santidad es sencilla,
pequeña, escondida. La inteligencia humana, que anda siempre comparando la
gloria de Dios con las hermosuras de acá abajo, falta de un conocimiento que dé
punto de comparación, quiere suponer —al menos la mía— a Catalina Thomás en un paisaje sencillo
como ella misma. Un pequeño valle con torrentes en una isla llena de sol y de
flor de rocalla. Una ventana con cortina y una maceta. Y ella misma, una
muchacha sonriente y humilde que quiso serlo todo para Dios como Dios fue todo para
ella.
Sí alguna vez van
ustedes a Mallorca, será obligado que visiten Valldemosa. El turismo se basa, por
desgracia, en lo espectacular. Y así, les enseñarán la Cartuja, con sus celdas,
y aquellas donde vivieron el pobre Federico Chopin y la escritora George Sand una bien pobre aventura
humana. O en La Foradada, la mancha de humo de
aquella hoguera que encendió Rubén Darío, cuando quiso hacer una paella junto
al mar. Salvo que ustedes pregunten, nadie o casi nadie les hablará de Catalina
Thomás, aquella "santita
mucama", como la llamó un escritor viajero español.
Pues allí, en Valldemosa, nació la chiquilla. En
1531, según unos historiadores. O en 1533, según otros. Hija de Jaime Thomás y Marquesina Gallard. Y desde su niñez, la
leyenda dorada que acompaña piadosamente a los santos con milagros candorosos y
prodigios extraños.
Las biografías de
Catalina Thomás recogen un sinfín de estos
datos que muestran que la Santa tuvo, ya en vida, una admiración popular
fervorosa: mientras recoge espigas, Catalina recibe la visión de Jesús
crucificado. Otra vez, huyendo de una fiesta popular que no le gustaba, es
Nuestra Señora misma quien baja a decirla que está escogida por su Hijo. Hasta
prodigios candorosos: una vez, llorando arrepentida por haber deseado unos
vestidos como los de su hermana, dice la tradición que Santa Práxedes y Santa
Catalina mártir —que será siempre fiel protectora suya— bajan del cielo para
consolarla.
Pocos prodigios tan
poéticos, tan bellos como el de aquella noche en que, al despertarse, vio
Catalina la habitación inundada de una luz hermosa y clara. Era la luz blanca,
azulada, del plenilunio. Catalina piensa que está amaneciendo y se levanta a
por agua a una cercana fuente. Estando allí, dieron las doce de la noche en la
Cartuja y luego la campana que llamaba a coro a los frailes del convento.
Catalina se asusta entonces, al encontrarse perdida en aquella noche de luz tan
misteriosa. Como es una chiquilla, empieza a llorar. Y San Antonio Abad, dicen,
bajó del cielo y la tomó de la mano para llevarla a casa.
Hay en Catalina una
portentosa amistad con los santos. Dialogará con ellos como si estuviesen en la
misma habitación. Ellos la ayudarán en momentos difíciles de su existencia. Y
todo esto tendrá un aire de profunda y encantadora naturalidad. Otro día,
acompañando a su abuelo, muy achacoso, va a misa en la Cartuja, y ayudándole a
subir una pendiente, el anciano se conmovió por el amor y la ternura de la niña
al ayudarle. Y deseoso de complacerla, le dijo su esperanza: "Quiera Dios
que te cases pronto y bien acomodada". Y entonces es San Bruno quien se
aparece a Catalina para sonreírla: "No, tu abuelo te verá acomodada, mas
no del modo que él piensa, porque serás esposa de Cristo".
Y naturalmente, la
castidad. La tradición cuenta a este propósito muy diversas anécdotas y
sucesos. Santa Catalina y el mismo Jesús acudían muy prestamente a apoyar su
gran firmeza en la virtud.
Catalina va a conocer
una gran amargura muy joven. A los tres años murió su padre. Ella se puso a
rogar por su alma y un ángel vino a decirle que estuviese contenta, porque su
padre estaba en la gloria de Dios. Cuatro años más tarde, tenía siete la
chiquilla, se le aparece su madre:
"Hija mía, acabo
de expirar en este mismo momento. Estoy esperando tus oraciones para entrar en
la gloria." Y tres horas más tarde, Catalina recibía el consuelo de que su
madre estaba en el cielo. Huérfana, Catalina fue recogida por unos tíos suyos,
quienes la llevaron al predio "Son Gallart".
Durante once años, Catalina vivió en aquella finca, a seis o siete kilómetros
de Valldemosa. Es éste un momento duro
para Catalina, pues la ausencia de Valldemosa significa dificultad para ir al templo, para oír misa y para
las prácticas religiosas en la casa de Dios. Los domingos, al fin, podía
asistir a misa en el oratorio de la Trinidad. Es aquella zona donde los
eremitas buscaban la paz de Dios frente a la paz de aquel mar inolvidable;
frente a esos crepúsculos de Mallorca en los que el sol parece incendiar
finalmente las aguas, teñirlas de rojo o, cuando está en lo alto, revela desde
la cornisa valldemosina, el fondo limpísimo del
mar.
Pero Catalina no
tenía mucho tiempo para la contemplación poética. Una finca como "Son Gallart" exige mucho trabajo.
Hay en ella muchos peones, y ganado, y faenas de labranza que realizar.
Catalina es una muchacha activa. Ya es la criadita. Va a donde trabajan unos
peones a llevarles la comida de mediodía, trabaja en la casa, fregando, cosiendo,
barriendo; guarda algún rebaño cuando lo manda tío Bartolomé. Y tiene siempre
buen semblante, sonrisa a punto, corazón abierto. A pesar de esa misteriosa
lejanía que la tiene todo el día y toda la noche como ausente de este mundo.
Porque allá en el campo, mientras las ovejas o las cabras mordisquean la
hierba, Catalina se pone de rodillas y asiste milagrosamente a la misa de los
cartujos de Valldemosa. Otra vez se pierde al
regreso de un recado, en el campo, y Santa Catalina mártir acude a ella, seca
sus lágrimas y la lleva de la mano hasta cerca de Son Gallart.
Aparece entonces en
la vida de Catalina un personaje importante y muy decisivo. Uno de aquellos
ermitaños, el venerable padre Castañeda. Es un hombre que ha abandonado el
mundo buscando la total entrega de su alma al Señor. Vive en las colinas y de
limosna. Un día pasa por el predio a pedir y Catalina le conoce. Surge entre
ambos una corriente de simpatía y de afecto. Recomendada más tarde por Ana Más,
Catalina va a visitar al padre Castañeda al oratorio de la Trinidad. Catalina
se le confía: ella quiere ser religiosa. A la segunda entrevista, el padre
Castañeda está convencido. La dirección espiritual del religioso hará todavía
un gran bien a la muchacha. Pero entonces empieza un largo episodio: el de las
dificultades.
Los tíos, al saber la
vocación de su sobrina, se oponen decididamente. Por aquellas fechas, una
muchacha valldemosina, que había ingresado en un
convento de Palma, se sale, reconociéndose sin verdadera vocación. Es, pues,
mal momento político para que nadie ayude a Catalina. Por otra parte, Catalina
era una muchacha guapa y muy atractiva. Es natural que muchos jóvenes de los
alrededores se fijaran en ella con el deseo de entablar relaciones y casarse.
Catalina espera pacientemente. Y otra dificultad llega. El padre Castañeda
decide marcharse de Mallorca.
Catalina se despide
de él con una sonrisa misteriosa. No, el padre se irá, pero volverá, porque
Dios quiere que él sea su apoyo para entrar en el convento. Efectivamente, el
barco que llevaba al religioso sale de Sóller
con una fuerte tormenta que le impide llegar a Barcelona. Y regresa de nuevo a Valldemosa. El religioso ve que la
profecía de la muchacha se ha cumplido y decide ayudarla plenamente. Va a
hablar con los tíos y los convence. Catalina se marcha a Palma, para ir
realizando las gestiones previas a su ingreso en un convento. Y, en tanto, se
coloca como sirvienta en la casa de don Mateo Zaforteza Tagamanent y, en concreto, al
servicio de una hija de este señor llamada Isabel. Las dos muchachas se cobran
un fuerte cariño. Isabel la enseña a leer, escribir, bordar y otros trabajos.
Catalina da más; Catalina habla de Dios, permanentemente, a Isabel. Y lleva una
vida tan heroica, tan mortificada, que cae enferma. Los señores y sus hijos se
turnan celosamente junto al lecho de la criada. Como si la criada fuese ahora
la señora y ellos los honrados en servirla.
Y llega el momento de
intentar, ya en serio, el ingreso en alguno de los conventos de Palma. El padre
Castañeda los recorre, uno tras otro. Hay un grave inconveniente: Catalina
carece de dote. Es totalmente pobre. Pero estos conventos son también necesitados.
No pueden acoger a una aspirante que no traiga alguna ayuda... Convento de
Santa Magdalena, de San Jerónimo, de Santa Margarita... Las noticias que el
padre va llevando a Catalina son descorazonadoras. Catalina se refugia en la
oración. Y reza tan intensamente que, cuando ya todo aparece perdido, los tres
conventos a la vez, interesados por la descripción que de la joven les ha hecho
el religioso, deciden pasar por alto el requisito de la dote. Y los tres
conventos están dispuestos a admitir a Catalina Thomás.
Una tradición
representa a Santa Catalina, sentada en una piedra del mercado, llorando
tristemente su soledad. Y en aquella piedra, según la misma tradición, recibe
Catalina la noticia de que ha sido admitida. Aún se conserva esta piedra,
adosada al muro exterior de la sacristía, en la parroquia de San Nicolás, con
una lápida —colocada en 1826— que lo acredita. Catalina, entonces, decide
ingresar en el primero de los tres conventos visitados, el de Santa Magdalena.
A los dos meses y
doce días de su ingreso, Catalina toma el velo blanco. Media ciudad de Palma,
con su nobleza al frente, acude al acto, pues tanta es ya la fama de la
muchacha. Enero de 1553.
Los años que vive
Catalina en el convento palmesano serán casi ocultos. Pero como es tan difícil
que la santidad pueda estar bajo el celemín, toda la ciudad acude a verla, a
consultarle sus problemas, a encomendarse a sus oraciones, a pedirle consejo...
Ella se resiste a salir al locutorio, se negaba a recibir regalos y cuando
tenía que recibirlos, los daba a las demás monjas. Practicaba la pobreza, la
obediencia, la castidad, siempre en grado heroico. La prelada decidió un día
someterla a una prueba bien dura. En pleno verano, le ordenó que se saliese al
patio y estuviera bajo el sol hasta nueva orden. Catalina no dice una sola
palabra: va al lugar indicado y permanece allí varias horas, hasta que la
superiora, admirada de su fortaleza, la manda llamar.
Catalina crece en
amor y sabiduría. Sus éxtasis son cada vez más frecuentes e intensos. Algunos
duran hasta días. En su celda se conserva aún la piedra sobre la que se
arrodillaba y que muestra las hendiduras practicadas por tantísimas horas de
oración en hinojos. Aunque ella procuraba ocultar, por humildad, estos regalos
de Dios, era natural que sus hermanas se enterasen. Y la fama crecía.
Un día, Catalina
recibe el aviso de Dios. Diez años antes de su muerte, supo cuándo sería
llamada por el Señor. Y estuvo esperando ansiosamente este momento. La Dominica
de Pasión de 1574, el 28 de marzo, Catalina entró en el locutorio donde estaba
una hermana suya con una visita. Iba a despedirse —dijo—, pues se marchaba al
cielo. Y efectivamente, al día siguiente, después de comulgar en éxtasis, mandó
llamar al sacerdote porque se sentía morir. Los médicos dijeron que no la
encontraban grave, pero el sacerdote acudió y apenas recibidos los sacramentos,
mientras la superiora rezaba con ella las oraciones, tras haber pedido perdón a
la madre y a las hermanas, cayó en un éxtasis al final del cual entregó su alma
a Dios.
Lo demás, vendría por
sus pies contados. El proceso de beatificación, la beatificación, el proceso
siguiente y por fin la gloria de los altares. Con una particularidad. El fervor
popular por Santa Catalina Thomás
iría creciendo y manteniéndose de tal modo que, aunque ella murió en 1574, la
beatificación se dicta —por Pío VI— en 1792 y la canonización —por Pío XI— en
1930. El cuerpo de Catalina Thomás
se ha conservado incorrupto.
La vida de esta
muchacha mallorquina es, ya lo decimos, un distinto camino de la santidad, Una
santidad vivida con impresionante sencillez, con rotunda eficacia. Una santidad
hecha de la elevación de la virtud al grado heroico. Y, al mismo tiempo, una
santidad popular. En el alma de Mallorca sigue bien recio el amor por su
santita criada, su santita pastora, su santita monja. Aunque el turismo no
muestre su itinerario, está en el corazón de los mallorquines.
lunes 28
Julio 2014
San Pedro Poveda
San Pedro Poveda Castroverde, presbítero y mártir
En Madrid, en España, san
Pedro Poveda Castroverde, presbítero y mártir, que,
preocupado por la difusión evangelizadora de los cristianos en el mundo,
principalmente en los campos de la educación y la cultura, fundó la Institución
Teresiana, y al comienzo de la persecución contra la Iglesia en tiempo de
guerra, fue asesinado por quienes odiaban la religión, ofreciendo a Dios un
claro testimonio de su fe.
Pedro Poveda Castroverde nació en Linares (Jaén) el
3 de diciembre de 1874. Ya de niño sintió atracción por el sacerdocio. Ingresó
en el seminario de Jaén y concluyó los estudios en el de Guadix, diócesis en la
que recibió el presbiterado en 1897. Comenzó su ministerio en el Seminario y en
la atención pastoral a los que vivían en las cuevas que rodeaban la población,
creando una escuela para ellos. Nombrado canónigo de Covadonga se ocupó de la
formación cristiana de los peregrinos y comenzó a escribir libros sobre
educación y la relación entre la fe y la ciencia.
A partir de 1911, con unas
jóvenes colaboradoras, comenzó la fundación de Academias y Centros pedagógicos
que darían inicio a la Institución Teresiana. Se trasladó a Jaén para
consolidar la misma Institución que recibiría allí la aprobación diocesana y después,
estando él ya en Madrid como capellán real, la aprobación pontificia. Sacerdote
prudente y audaz, pacífico y abierto al diálogo, entregó su vida por causa de
la fe en la madrugada del 28 de julio de 1936, identificándose, «Soy sacerdote
de Cristo», ante quienes le conducirían al martirio.
Fue beatificado el 10 de
octubre de 1993, y canonizado el 4 de mayo de 2003, en España. En homilía de la misa de
canonización decía SS. Juan Pablo II:
San Pedro Poveda, captando la importancia de la función social de la educación, realizó una importante tarea humanitaria y educativa entre los marginados y carentes de recursos. Fue maestro de oración, pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, convencido de que los cristianos debían aportar valores y compromisos sustanciales para la construcción de un mundo más justo y solidario. Culminó su existencia con la corona del martirio.
San Pedro Poveda, captando la importancia de la función social de la educación, realizó una importante tarea humanitaria y educativa entre los marginados y carentes de recursos. Fue maestro de oración, pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, convencido de que los cristianos debían aportar valores y compromisos sustanciales para la construcción de un mundo más justo y solidario. Culminó su existencia con la corona del martirio.
fuente: Vaticano
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Santo(s)
del día
San
Pedro Poveda
San Victor I
San Melchor García Sampedro
San Prócoro de Antioquía
Santos mártires de la Tebaida
San Cameliano de Troyes
San Sansón de Dol
San Botvido de Sodermanland
Beato Miguel Kusuriya
Beato Manuel Segura López
Beato José Caselles Moncho
San Jaime Hilario Barbal Cosán
Santa Alfonsa de la Inmaculada
Santa Catalina Thomas
Santos Nazario y Celso
San Eustacio de Ancira
San Victor I
San Melchor García Sampedro
San Prócoro de Antioquía
Santos mártires de la Tebaida
San Cameliano de Troyes
San Sansón de Dol
San Botvido de Sodermanland
Beato Miguel Kusuriya
Beato Manuel Segura López
Beato José Caselles Moncho
San Jaime Hilario Barbal Cosán
Santa Alfonsa de la Inmaculada
Santa Catalina Thomas
Santos Nazario y Celso
San Eustacio de Ancira
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