lunes 21
Julio 2014
Profeta Daniel (A.T.)
Daniel a quien la Biblia cita como prototipo de santidad (EZ.14, 14 y 20) y de sabiduría (Ez. 28, 3) vivió, como Ezequiel, en Babilonia durante el cautiverio, que presenció hasta el fin, mas no fue sacerdote que adoctrinase al pueblo, como aquél, y como Jeremías en Jerusalén, sino un alto personaje en la corte del rey pagano, como fue José en Egipto y Ester y Mardoqueo en Persia; de dónde resultó de gran alivio y consuelo para los judíos en el cautiverio y en los trabajos que padecían en Babilonia. De ahí, sin duda, que la Biblia Hebrea lo colocase mas bien entre los hagiógrafos (aunque no siempre) y que el Talmud viese en él una figura del Mesías por su fidelidad en las persecuciones.
Su libro, último de los
cuatro profetas mayores en el orden cronológico y también por su menor
extensión, reviste, sin embargo, una importancia extraordinario debido al caracter mesiánico y escatológico
de sus revelaciones, "como que en él se contienen admirable y
especialísimo vaticinio del estado político del mundo, y así mismo del de la
Iglesia, desde su tiempo hasta la encarnación del Verbo eterno, y después,
hasta la consumación del siglo, según el pensamiento de San Jerónimo" (Sio ).
Precisamente por ello, el
Libro de Daniel es uno de los más misteriosos del Antiguo Testamento, el primer
Apocalipsis, cuya visiones quedarían en gran parte incomprensible, si no
estuviéramos en el Nuevo Testamento un libro paralelo, el Apocalipsis de San
Juan. Es, por lo tanto, muy provecho leer los dos juntos, para no perder ni una
gota de su admirable doctrina. Algunas de las revelaciones sólo se entenderán
en los últimos tiempos, dice el mismo Daniel en 10, 14; y esos tiempos bien
pueden ser los que vivimos nosotros.
Oriundo de una noble
familia de Judá, y tal vez de sangre real, como sostienen Flavio Josefo y San Jerónimo (Cfr. 1,
3), Daniel fue llevado a Babilonia en la primera deportación, que tuvo lugar en
el tercer año del rey Joakim, o sea, en 606 - 605 a.C.
Siendo todavía de tierna edad, fue educado en el palacio del rey de Babilonia,
dónde se distinguió de tal manera, que fue ascendido a los más altos cargos y
honores. Su servicio en la corte, si bien de vez en cuando interrumpido, duró
desde el comienzo del reinado de Nabucodonosor (604 - 561) hasta el tercer año
de Ciro, rey de los Persas, que conquistó Babilonia el año 538.
Entre los catorce y diez y
seis años de edad, según el testimonio de San Ignacio mártir, obispo de
Antioquía, pronunció aquella célebre sentencia en favor de Susana, mujer de
Joaquín y contra los dos perversos viejos, que pretendieron oprimirla con calumnias,
por haberse resistido varonilmente a condescender con sus infames deseos. Desde
este lance comenzó a hacerse célebre y ganarse la admiración de todos los babilónios y judíos; y aunque no
ejercitó públicamente el encargo de profeta, para predicar al pueblo y
declararle en sus sagradas juntas las revelaciones de lo que DIos le hacía conocer y le
inspiraba, esto, no obstante, su libro ha sido puesto en el número de los otros
Profetas.
El libro de Daniel se
divide en dos partes principales. La primera (cap. 1 a 6) se refiere a
acontecimientos relacionados principalmente con el profeta y sus compañeros,
menos el cap. 2 que, como observa Nácar - Columga,
es una visión profética dentro de la parte histórica. La segunda (cap. 7 a 12)
contiene exclusivamente visiones proféticas. "Anuncia, en cuatro visiones
notables, los destinos sucesivos de los grandes imperios paganos, contemplados,
sea en ellos mismos, sea en sus relaciones con el pueblo de DIos: 1°, las cuatro bestias,
que simbolizan la sucesión de las monarquías paganas y el advenimiento del
reino de Dios (cap. 7); 2°, el carnero y el macho cabrío (cap. 8); 3°, las
setenta semanas de años (cap. 9); 4°, las calamidades que el pueblo de Jehová deberá
sufrir por parte hasta su glorioso restablecimiento (cap. 10 a 12). El orden
seguido en cada una de estas dos partes es el cronológico" (Fillion).
Un Apéndice de dos
capítulos (13 y 14) cierra el libro, que está escrito como lo fue el de Esdras,
en dos idiomas entremezclados: parte en hebreo (1, 1 a 2, 4 a; cap. 8 a 12) y
parte en arameo (2, 4 b a 7, 28) y cuya traducción por los Setenta ofrece tan
notable divergencia con el texto masorético, que ha sido adoptada en su lugar
para la Biblia griega la de Teodoción; de la que San Jerónimo tomó los fragmentos Deuterocanónicos (3, 24 - 90 y los cap. 13
y 14) para su versión latina; el empleo de dos lenguas se explica por las
diferencias de los temas y destinatarios. Los capítulos escritos en arameo, que
en aquel tiempo era el idioma de los principales reinos orientales, se dirigen
a éstos (véase 2, 4) mientras que los escritos en hebreo, que era el idioma
sagrado de los judíos, contienen lo tocante al pueblo escogido, y en sus
últimas consecuencia a nosotros.
Muchos se preguntan si los
sucesos históricos que sirven de marco para las visiones y profecías, han de
tomarse en sentido literal e histórico, o si se trata sólo de tradiciones
legendarias y creaciones de la fantasía del hagiógrafo, "que, bajo forma y
apariencia de relato histórico o de visión profética, nos hubiera transmitido,
inspirado por Dios, sus concepciones sobre la intervención de Dios en el
gobierno de los imperios y el advenimiento de su Reino" (Prado). San
Jerónimo aboga por el sentido literal e histórico, con algunas reservas
respecto a los dos últimos capítulos, y su ejemplo han seguido, con pocas exepciones, todos los exégetas
católicos, de modo que las dificultades que se oponen al caracter histórico de los relatos daniélicos, han de solucionarse en el
campo de la historia y de la arqueología bíblicas, así como muchas de sus
profecías iluminan los datos de la historia profana y se aclaran recíprocamente
a la luz de otros vaticinios de ambos Testamento.
También contra la
autenticidad del libro de Daniel se han levantado voces que pretenden
atribuirlo en su totalidad o al menos en algunos capítulos, a un autor mas
reciente. Felizmente, existen no pocos argumentos en favor de la autencidad, especialmente el
testimonio de Ezequiel (14, 14 ss.; 28, 3), del primer Libro de los Macabeos (1, 57) y del mismo Jesús,
quién habla del profeta Daniel (Mateo, 24, 15), citando un pasaje de su libro
(Daniel 9, 27). Poseemos, además, una referencia en el historiador judío Flavio
Josefo, quién nos dice que el
Sumo Sacerdote Jaddua mostró las profecía de
Daniel a Alejandro Magno, lo que significa que éste libro debe ser anterior a
la época del gran conquistador del Siglo IV, es decir, que no puede atribuirse
al período de los Macabeos, como sostienen aquellos
críticos. Lo mismo se deduce de la incorporación del libro de Daniel en la
versión griega de los Setenta, la cual se hizo en el siglo III o II a. C.
No obstante los problemas
históricos planteados en éste libro divino, su profecías fueron de amplia y
profunda influencia, particularmente durante las persecuciones en el tiempo de
los Macabeos. "en los relatos y
revelaciones de Daniel el pueblo de Jehobá
poseía un documento auténtico que le prometía claramente la liberación final y
gracias al Mesías" (Fillon). En ellas se encontraron
los judíos perseguidos por el tirano Antíoco Epífanes el mejor consuelo y la
seguridad de que, como dice el mismo Fillon,
" los reinos paganos, por mas poderosos que fuesen no conseguirían
destruirlo", y que, pasado el tiempo de los gentiles, vendrá el reino de
Dios que el Profeta anuncia en términos tan magníficos (cfr. 2, 44; 7, 1 a 3
ss.; 9, 24 ss.). Para nosotros, los cristianos, no es menor la importancia de
libro de Daniel, siendo, como es, un libro de consoladora esperanza y una llave
de inapreciable valor para el Apocalipsis de San Juan. Un estudio detenido y
reverente de las profecías de Daniel, nos proporcionan no solamente claros
conceptos acerca de los acontecimientos del fin, sino también la fortaleza para
mantenernos fieles hasta el día en que se cumpla nuestra "bienaventurada
esperanza" (Tit. 2, 13 ).
Como bien notan Nacar Columga, hablando de los misterios
que aún rodean el libro de Daniel: "son estas dificultades de las que dice
Pío XII en su encíclica Divino Afflante Spiritu, que no han sido resueltas
todavía y esperan su solución de la asidua y mancomunada labor de los
estudiosos."
La encíclica Divino Afflante Spiritu, en efecto, orienta con
respecto a casos, como el presente en que los intérpretes no han llegado a
ponerse de acuerdo. Señala ante todo, Pío XII la humilde convicción de que lo
que unos no entendieron puede estar reservado a que lo aclaren otros ( como Dios
indica a Daniel en 12, 9 ).Y luego estimula a los estudiosos para que, con el
debido espíritu de oración y respecto que corresponde a las palabras de Dios, acomentan una y otra vez
decididamente el estudio de esas cuestiones, utilizando cada vez los nuevos
elementos de que pueda disponerse, y sin temer las críticas, a cuyo efecto el
Pontífice no vacila llamar odioso el modo de pensar, según el cual " todo
lo que es nuevo es por eso mismo rechazable, o por lo menos sospechoso. Porque
deben tener sobre todo ante los ojos que ... entre las muchas cosas que se
proponen en los Libros Sagrados, legales, históricos, sapienciales y
proféticos, sólo muy pocas cosas hay cuyo sentido haya sido declarado por la
autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que sea unánime la
sentencia de los Santos Padres. Quedan, pues, muchas otras, y gravísimas, en
cuya discusión y explicación se puede y debe ejercer libremente la agudeza e
ingenio de los intérpretes católicos" (Pío XII Encíclica Divino Afflante Spiritu, septiembre de 1943).
Deduciendo, pues, la
profunda enseñanza de la encíclica pontificia, vemos que esa gran humildad que
ha de guiarnos en el estudio de la Palabra de DIos, no consiste en abandonar su
investigación, so pretexto de incapacidad, pues esto equivaldría a guardar la
mina improductiva (Lucas, 19, 20 ss.), y desentenderse " como los días de
Noé y de Lot" (Lucas, 17, 26 ss.) de las divinas enseñanzas, que tanto en
profecía como en doctrina nos han sido dadas bondadosamente para que "
hallemos en ella la vida", es decir, para que, aun cuando no hallásemos
las mismas cosas que buscamos, hallemos sin embargo otras que Dios quiera
mostrarnos, de no menor utilidad para nuestra alma y la del prójimo. Es
conocido el caso de un célebre y talentoso pensador inglés que, encargado por
una secta anticristiana de estudiar la religión de Cristo para atacarla, halló
en la Biblia lo contrario de lo que buscaba, es decir, halló la luz que lo
llevó a Cristo, lo mismo que en otro tiempo sucediera al gran apologista San
Justino, después de recorrer banamente, en busca de la sabiduría, todas las escuelas de la
filosofía griega. Mucho de eso mismo nos sucede a todos siempre que nos
dedicamos a espigar en el campo divinamente fecundo de la Sagrada Escritura,
haciendo a nuestro Padre del cielo el soberano homenaje de prestar atención a
lo que Él ha hablado.
Como un pequeño índice para
facilitar el estudio sobre la persona de Daniel, un autor presenta el
siguiente: cautivo en Babilonia (cap. 1) su fidelidad (1, 6 al 16). Explica los
sueños del rey (cap. 2 a 4), y la inscripción del muro (5, 17). Ministro de Darío
(6 ); desobece al decreto idolátrico (6,
10); librado de los leones (6, 21). grandes visiones (cap. 7 a 12). oración (9,
3). Promesas de retorno (9, 20; 10, 10; 12, 13).
Otro sumario por materias
podría ser éste:
1- Introducción: la
historia personal de Daniel desde la conquista de Jerusalén hasta el segundo
año de Nabucodonosor (1, 21).
2- La visión de
Nabucodonosor y sus efectos (2, 1 a 4, 34).
3- La historia personal de
Daniel durante los reinados de Baltasar y de Darío (5, 1 a 6, 28).
4- Las visiones de Daniel
(7, 1 a 12, 13).
5- La historia de Susana
(13, 1-64).
6- Beel y el dragón (13, 65 a 14,
42).
Daniel, anunciando
acontecimientos por la mayor parte venturosos, mereció la benevolencia de todos
los hombres.
" Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu. " Ef. 2, 19-22
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San Arbogasto de
Estrasburgo,
obispo
En Estrasburgo, ciudad de
la Burgundia, san Arbogasto, obispo.
Se ha dicho que este obispo
franco era originario de Escocia o de Irlanda; pero lo más probable es que haya
nacido en Aquitania, de donde partió a vivir como ermitaño en Alsacia. Un día
que un hijo del rey Dagoberto se hallaba cazando en el bosque, un jabalí se
echó sobre él y le mató; pero el joven resucitó gracias a las oraciones de Arbogasto. El rey Dagoberto nombró
entonces a Arbogasto obispo de Estrasburgo, por
más que otros relatos afirman que la resurrección del príncipe tuvo lugar
cuando Arbogasto ya era obispo. El santo se
consagró a la construcción de iglesias y a gobernar su diócesis con humildad
apostólica, al grado de que pidió que se le sepultase en la colina en que se
enterraba a los malhechores. Así se hizo; pero se construyó una iglesia sobre
la tumba del santo.
Los historiadores tienen
serias dudas sobre la vida de san Arbogasto, pues los relatos que se conservan son muy confusos. En Acta
Sanctorum, julio, vol. V, hay una biografía del santo, que se atribuye a uno de
sus sucesores, Uto III; aunque es una
biografía tardía y legendaria, parece que tiene por base una tradición
histórica. Véase R. Forrer, Strasbourg-Argentorate, vol. II (1927), pp. 748
ss.; y M. Barth, Der h. Abrogast (1940).
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Julio 2014
San
Lorenzo de Brindis
San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia
San Lorenzo de Brindis,
presbítero y doctor de la Iglesia, de la Orden de los Hermanos Menores
Capuchinos, predicador incansable por las regiones de Europa, que, de carácter
sencillo y humilde, cumplió fielmente todas las misiones que se le
encomendaron, como defender la Iglesia contra los infieles, reconciliar a los
príncipes enfrentados y llevar el gobierno de su Orden religiosa. Murió en
Lisboa, en Portugal, el veintidós de julio de 1619.
Al día siguiente de nacer
en Brindisi, Italia, el 22 de julio de
1559, Lorenzo fue bautizado con el nombre de Julio César. Tal vez sus padres
intuían que él también sería grande, infinitamente más que el valiente
emperador y líder romano, porque este niño estaba llamado a dar gloria a Cristo
y a su Iglesia, de la que a su tiempo sería nombrado doctor. El pequeño era
delicioso en su trato: afable, sencillo, dócil y humilde, virtudes que se
acrecentarían con los años. De modo que cuando murió su padre cuando él tenía 7
años, y fue acogido en el convento entre los niños oblatos, su presencia en las
aulas constituyó una bendición. Además de su excelente carácter, tenía
inteligencia, y una memoria excepcional, lo cual hizo de él un alumno más que
aventajado. Perdió a su madre en la adolescencia y fue enviado a Venecia junto
a un tío sacerdote que estaba al frente de un centro docente privado. Allí tomó
contacto con los padres capuchinos y decidió ingresar en la Orden. Entró
sabiendo lo que significaba la vida de consagración, con sus renuncias y
contrariedades. Pero cuando el superior le informaba, simplemente
preguntó: «Padre, ¿en mi celda habrá un crucifijo?». Al recibir respuesta
afirmativa, manifestó rotundo: «Pues eso me basta. Al mirar a Cristo
crucificado tendré fuerzas para sufrir por amor a Él cualquier padecimiento».
Tomó el hábito en 1575 y el
nombre de Lorenzo. Profesó en 1576 y se trasladó a Padua para cursar estudios
de lógica, que completó después en Venecia con los de filosofía y teología. En
esta etapa ya comenzó a atisbarse su extraordinaria capacidad para penetrar en
problemas de índole antropológica y teológica. La Sagrada Escritura no tenía
secretos para él. Tanto es así, que confidenció a un religioso que de perderse
la Biblia podría recuperarse plenamente porque la tenía grabada en su mente.
Fue autodidacta en el estudio de las lenguas bíblicas sorprendiendo hasta a los
propios rabinos con su excepcional preparación y dominio de la literatura
rabínica. La oración y el estudio eran los polos sobre los que gravitaba su
vida; no podía decirse donde comenzaba la una o culminaba la otra, y viceversa.
Aludía a la oración diciendo: «¡Oh, si tuviésemos en cuenta esta realidad!
Es decir que Dios está de verdad presente ante nosotros cuando le hablamos
rezando; que escucha verdaderamente nuestra oración, aunque si solo rezamos con
el corazón y con la mente. Y no sólo está presente y nos escucha, sino que
puede y desea contestar voluntariamente y con máximo placer nuestras
preguntas».
Ordenado sacerdote en
Venecia en 1582 se convirtió desde entonces en un ministro de la Palabra fuera
de lo común. Poseía para ello unas dotes formidables a todos los niveles. La
predicación la conceptuó como: «Misión grande, más que humana, angélica,
mejor divina».
Los fieles que le escuchaban quedaban subyugados porque hablaba «con
tanto celo, espíritu y fervor, que parecía salirse fuera de sí, y, llorando él,
conmovía también al pueblo hasta las lágrimas». Cuidaba sus sermones con
oraciones que podían prolongarse varias horas, y penitencias. La celebración de
la Santa Misa, usualmente de larga duración, junto a su meditación en los
pasajes evangélicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo eran
igualmente prioritarias en su quehacer. A la exigencia del carisma capuchino,
añadía mortificaciones diversas aún a costa de su salud. Pero se preparaba para
ser un santo sacerdote. Su «libro» era la Sagrada Escritura. Para dilucidar lo
que debía decir se postraba a los pies de una imagen de María, tomando
nota in situ de lo que le era inspirado. En Cuaresma su comida, que
ya era frugal de por sí, se reducía a la mínima expresión.
Fue lector, guardián,
maestro de novicios, vicario provincial, provincial, definidor general y
general de la Orden. Fidelísimo y obediente cumplidor en todas las misiones,
destacaba también por sus dotes diplomáticas; eran singulares. Así logró, entre
otras, la reconciliación de gobernantes enemistados, y defendió a la Iglesia
ante los turcos. Su dominio de lenguas, entre las que se hallaba la hebrea, le
permitió llevar a cabo exitosamente la misión que el papa Clemente VIII le
encomendó: la conversión de los judíos. Impulsó la fundación de la Orden en
Praga superando toda clase de pruebas y dificultades, penurias y enfermedades,
injurias y atropellos. La fecundidad apostólica que surgía tras su predicación
le atraía no pocas hostilidades de los adversarios de la fe. Abrió otros
conventos en Europa, entre ellos los de Viena y Graz. Cuando fue elegido
general tenía 43 años y un vastísimo territorio que visitar; lo hizo a pie. Así
recorrió gran parte de Italia y de Europa; pasó también por España. Nunca
aceptó tratos de favor; quiso ser considerado como los demás y participó en
todas las tareas domésticas con humildad y gozoso espíritu. Dejó escritas
numerosas obras. Los grandes hombres, gobernantes y religiosos se rindieron a
este santo que falleció en Lisboa el 22 de julio de 1619, cuando tenía 60 años.
Había ido con la intención de entrevistarse allí con el rey de España, Felipe
III, para mediar por los derechos de los ciudadanos napolitanos vulnerados por
el gobierno local. Fue canonizado por León XIII el 8 de diciembre de 1881. En
1959 Juan XXIII lo declaró Doctor de la Iglesia, añadiendo el título de Doctor
Evangélico.
Oremos
Oh Dios, que para gloria de tu nombre y salvación de las almas otorgaste a san Lorenzo de Brindis espíritu de consejo y fortaleza, concédenos llegar a conocer, con ese mismo espíritu, las cosas que debemos realizar y la gracia de llevarlas a la práctica después de conocerlas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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Santo(s)
del día
Profeta
Daniel (A.T.)
San Lorenzo de Brindis
Santa Práxedes de Roma
San Víctor de Marsella
Santa Julia Troyes
San Claudio Troyes
San Zótico Comana
San Arbogasto de Estrasburgo
San Juan Edesa
Santa Severa Aquitania
San Alberico Crescitelli
Santos Simeón «Salos» y Juan
Beato Cristóbal de Santa Catalina
Beato Gabriel Pergaud
San José Wang Yumei
San Lorenzo de Brindis
Santa Práxedes de Roma
San Víctor de Marsella
Santa Julia Troyes
San Claudio Troyes
San Zótico Comana
San Arbogasto de Estrasburgo
San Juan Edesa
Santa Severa Aquitania
San Alberico Crescitelli
Santos Simeón «Salos» y Juan
Beato Cristóbal de Santa Catalina
Beato Gabriel Pergaud
San José Wang Yumei
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