jueves 03
Julio 2014
Beata María Ana Mogas Fontcuberta
María Ana comparte con otros integrantes de la vida santa haber nacido en una respetable familia, con medios económicos y perteneciente a una clase social elevada, lo que significaba contar con un horizonte halagüeño para todo lo que hubiera podido desear. Hay quienes no saben encajar los privilegios de un ambiente selecto que ofrece tantas posibilidades para la vida. Pueden constituir una atadura ¡cuántos se aferran a cualquier capricho! En cambio, para ella no lo fue en absoluto. Cuando Cristo tocó su corazón, poseía la madurez que le proporcionó la prematura pérdida de sus padres. El sufrimiento le acompañó desde los primeros años de vida.
Nació en Corró del Vall-Granollers, Barcelona, España, el 13
de enero de 1827. Sus padres eran creyentes. María Ana y sus tres hermanos
tuvieron cercano ejemplo de cómo se materializa el amor a Dios en los gestos de
piedad que de ellos aprendieron. Cuando tenía 7 años falleció su padre, y
hallándose en los 14 murió su madre. Su tía y madrina, que no tenía hijos, se
la llevó consigo a Barcelona. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para que el
escenario de su vida no sufriera excesiva alteración. La cuidó y la mimó como
una madre, ocupándose de que recibiera una buena educación, abriéndole las
puertas del privilegiado entorno social del que formaba parte. Al mismo tiempo,
la beata, que se había integrado plenamente en las actividades parroquiales en
Santa María del Mar, poco a poco entrañaba dentro de sí a Cristo, orientada por
su director espiritual, el P. Gorgas. Pródiga en la piedad con quien lo
necesitase, fue descubriendo que era llamada a una sólida donación que debía
rebasar la caridad social. Cristo la quería para sí. Y a sus 21 años conoció a
dos capuchinas que por razones políticas se hallaban fuera del convento.
Orientaban su quehacer enseñando a los niños dirigidas por otro capuchino que
se encontraba en la misma situación, el P. José Tous. En el aire flotaba el proyecto, aún
sin perfilar, de poner en marcha una obra de carácter docente, y ella pareció a
todos la indicada para formar parte de la misma. Mons. Casadevall, prelado de Vic, acogió la
idea, y puso en sus manos la escuela de Ripoll,
Gerona. María Ana tuvo que sortear distintos escollos hasta que el P. Tous la animó diciéndole: «Vete,
María Ana, te llaman para fundar». No la dejó sola. Fue con ella a Ripoll, donde la aguardaban las
dos religiosas, en junio de 1850. Y se incorporó llena de fe y confianza a la
tarea ya iniciada.
Esos primeros momentos
estuvieron marcados por la indiferencia y la palpable disconformidad de las
autoridades locales. Se desentendieron de ellas vulnerando la responsabilidad
contraída, y ello hizo que todas pasaran por ciertas penalidades; no tenían medios
ni para costearse el alimento y tuvieron que recurrir a la limosna. María Ana
echaba mano de su fe, suplicando: «Afianzad, Señor, y asegurad los pasos que
he comenzado a dar en el camino de vuestro servicio de tal forma que ninguna
cosa de este mundo sea capaz de dar mis pies atrás». El P. Tous y el párroco de Ripoll vieron conveniente que una
de ellas se pusiera al frente del quehacer interno y externo. Era el paso para
ir consolidando formalmente lo que vivían, dotándolo de un espíritu fraterno.
María Ana fue elegida para encabezar la comunidad, aunque tuvo noticia de ello
al momento de profesar; tanta madurez, capacidad y virtud habían visto en la
beata como para poner sobre sus hombros esa carga siendo todavía una novicia.
La Virgen alumbraba la naciente fundación de claro matiz franciscano. En 1853
María Ana obtuvo el título de magisterio exigido para dirigir la escuela, y
durante un tiempo se mantuvo al frente de lamisma,
cosechando grandes frutos apostólicos. Hasta que la misteriosa providencia la
condujo a la localidad madrileña de Ciempozuelos, de acuerdo con el P. Tous,
para hacerse cargo de una labor impulsada por el obispo dimisionario, Mons.
Serra y una persona integrante de la nobleza. Se trataba de ayudar a mujeres
que habían caído en las redes de la prostitución. Llegó junto a cinco
religiosas en 1865. Pero ella sentía que estaba desviándose del camino, que ese
no era el carisma con el que había nacido la fundación; además, el resto de las
religiosas habían quedado lejos. La dificultad de dilucidar qué decisión debía
tomar, cuál podría ser la voluntad divina…, sentimientos, entre otros, que
exponía al P. Tous, le causaban gran
aflicción.
Ante la opción de asumir la
dirección de una nueva escuela, eligió esta vía, lo comunicó al director
espiritual y salieron de Ciempozuelos; fue asesorada por san
Antonio María Claret. Pero ya se habían
escindido las religiosas que quedaron en Ripoll
respecto a las de Madrid, lo cual añadió mayores dosis de sufrimiento a la
fundadora. Ella, que solía pedir con insistencia: «Dadme,
Dios mío, un corazón puro, acompañado de recta intención», luchó indeciblemente
para evitar la ruptura, pero no pudo lograrlo. Del tronco común quedaron dos
ramas: en Barcelona, las Franciscanas Capuchinas de la Divina Pastora, y en
Madrid, las Franciscanas de la Divina Pastora, sin compartir las constituciones
fechadas en 1872 con la aprobación de los respectivos ordinarios del lugar.
Este hecho supuso para María Ana un antes y un después en su vida; incluso
quedó afectada su salud. En 1878 sufrió un ataque de apoplejía. Y siguió
encarnando su lema: «Amor y sacrificio», perdonando, tratando con exquisita
caridad a todos, unida al Sagrado Corazón de Jesús y a María, hecha oblación,
en religioso silencio. En 1884 humildemente escribía: «Les pido
por amor de nuestro Señor Jesucristo que me digan en qué las he ofendido: yo
estoy pronta a ponerme en camino para postrarme a los pies de todas...». El excelso legado que
dejó a sus hijas fue: «Amaos como yo os he amado, y sufríos como
yo os he sufrido. Caridad, caridad verdadera. Amor y sacrificio».Falleció en Madrid el 3 de julio de
1886. Juan Pablo II la beatificó el 6 de octubre de 1996.
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
Santo(s)
del día
San
Anatolio de Laodicea
San Memnóm de Tracia
San José Nguyên Dình Uyên
San Felipe Phan Van Minh
San Pedro Zhao Mingzhen
Beata María Ana Mogas Fontcuberta
San Jacinto Roma
San Ireneo Chiusi
Santos Marcos y Muciano
San Trifón Alejandría
San Eulogio Constantinopla
San León II
San Raimundo Gayrard
San Anatolio de Constantinopla
San Heliodoro Altino
San Dato Ravena
San Memnóm de Tracia
San José Nguyên Dình Uyên
San Felipe Phan Van Minh
San Pedro Zhao Mingzhen
Beata María Ana Mogas Fontcuberta
San Jacinto Roma
San Ireneo Chiusi
Santos Marcos y Muciano
San Trifón Alejandría
San Eulogio Constantinopla
San León II
San Raimundo Gayrard
San Anatolio de Constantinopla
San Heliodoro Altino
San Dato Ravena
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