Lunes 04
Agosto 2014
San Juan María Vianney
San Juan María Vianney, presbítero
fecha: 4 de
agosto
fecha en el calendario anterior: 8 de agosto
n.: 1786 - †: 1859 - país: Francia
otras formas del nombre: Santo Cura de Ars
canonización: B: Pío X 8 ene 1905 - C: Pío XI 31 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 8 de agosto
n.: 1786 - †: 1859 - país: Francia
otras formas del nombre: Santo Cura de Ars
canonización: B: Pío X 8 ene 1905 - C: Pío XI 31 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria de san Juan María Vianney, presbítero, que durante
más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la
parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con asidua
predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños
y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad,
alimentada en la fuente de la santa Eucaristía, brilló de tal modo que difundió
sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa, y con su sabiduría llevó a
Dios a muchísimas almas.
El santo cura de Ars» (1786-1859)
Sacerdote diocesano, miembro de la Tercera Orden Franciscana, que tuvo que
superar incontables dificultades para llegar a ordenarse de presbítero. Su celo
por las almas, sus catequesis y su ministerio en el confesionario transformaron
el pueblecillo de Ars, que a su vez se convirtió
en centro de frecuentes peregrinaciones de multitudes que buscaban al Santo
Cura. Es patrono de los párrocos.
Ars tiene hoy 370 habitantes,
poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus
calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo
soñó como consagrada a Santa Filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en
preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente
extraordinario.
Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786,
tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por
las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus
estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio
humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio
militar.
Terminado este
período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse
sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin,
para atender al pueblecillo de Ars.
Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega
ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para
nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.
El contraste entre lo uno y
lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista
nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra.
Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas;
con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía
de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal
arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes
personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la
Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo,
entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.
Es aún niño Juan María
cuando estalla la Revolución Francesa. Su primera comunión la ha de hacer en
otro pueblo, distinto del suyo, Ecully,
en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se
trasluzca al exterior. A los diecisiete años Juan María concibe el
gran deseo de llegar a ser sacerdote. El joven inicia sus estudios, dejando las
tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo
sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle.
Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino.
Llega un momento en que
toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se
decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San
Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha,
aparentemente, la oración del heroico peregrino, pues las dificultades para
aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser
sacerdote.
Por un error no le alcanza
la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su
sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio
militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de
Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es
destinado a combatir en España.
No puede seguir a sus
compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado,
le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin
habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noës, pasará desde 1809 a 1811
una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes,
pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella
imperecedera por su virtud y su caridad.
Una amnistía le permite
volver a su pueblo. Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el
seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores
reconocen la admirable conducta del seminarista, pero..., falto de los
necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y,
por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las
Escuelas Cristianas, sin lograrlo.
El 13 de agosto de
1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le
ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo y nadie le acompañó
tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo
Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de
tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el
sacerdocio.
Durante tres años, de 1815
a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de
coadjutor suyo. Muerto el padre Balley,
y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo
pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars.
Todavía no tenía ni
siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una
dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido
sacerdote, pero la señorita de Garets,
que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había
conseguido que se hiciera el nombramiento.
Habrá algunas tentativas de
alejarlo de Ars, y por dos veces la
administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras
veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón «a
llorar su pobre vida», como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero
siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería
que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del
mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.
No le faltaron, sin
embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de
moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo
de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia
religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron
sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores
religiosos.
Sin embargo, su virtud
consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que «Ars ya no es Ars». Los peregrinos que iban
a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el
ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se
practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las
casas y se santificaba el trabajo.
Lo que al principio sólo
era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un
vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en
Europa entera.
Y entre ellas se
contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales
famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a
buscar en él algún consuelo.
Aquella afluencia de gentes
iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura
desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras
tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante
de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de
vida.
Oremos
Dios todopoderoso y lleno de bondad, que nos has dado en San Juan María Vianney un modelo de pastor apasionadamente consagrado a su ministerio, concédenos, por su intercesión, dedicar como él nuestras vida a ganar para Cristo a nuestros hermanos por medio de la caridad y alcanzar, juntamente con ellos, la gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
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Beatos José Batalla Parramón, José Rabasa Bentanachs y Gil Rodicio Rodicio,religiosos mártires
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Lunes 04
Agosto 2014
Beata Cecilia de Bolonia
Beata Cecilia, virgen
En Bolonia, en la Emilia,
beata Cecilia, virgen, que recibió el hábito de religiosa de manos de santo
Domingo, de cuya vida y de cuyo espíritu fue testimonio fidelísima.
La
presente hagiografía, tomada del Butler-Guinea, 9 de junio, se refiere a la
beata Diana de Andaló, celebrada el 10 de junio, a la beata Cecilia de Bolonia,
cuya memoria es el 4 de agosto, y por referencia a la beata Amata de Bolonia,
sin inscripción en el Martirologio Romano, pero autorizado el culto para la
Orden de Predicadores junto con las otras dos.
Cuando santo
Domingo buscó
un campo más amplio para las actividades de su orden en Italia, eligió de
manera muy especial la región de Bolonia, porque preveía que su famosa
Universidad habría de proveerle con la clase de reclutas que necesitaba. No
tuvo dificultades en hallar un lugar para establecer su priorato, pero al mismo
tiempo se encontró con la furiosa oposición de la familia d'Andalo, propietaria del terreno
elegido. A fin de cuentas, los d'Andalo cedieron, debido a las súplicas insistentes de Diana, la
hija única de la familia, una piadosa chica que, desde el arribo de los
frailes, había escuchado sus prédicas con profunda emoción. El propio santo
Domingo recibió en privado, casi en secreto, los votos de Diana para conservar
su virginidad, junto con un compromiso para ingresar a la vida de religión, tan
pronto como le fuese posible.
Durante algún tiempo, Diana
siguió viviendo en su casa; pero a escondidas de sus padres, se levantaba antes
del alba para rezar sus devociones y practicar sus penitencias. Por aquel
entonces, Diana pensaba que no habría mayores dificultades para convencer a su
familia a que fundara un convento para monjas dominicas en el que ella pudiese
ingresar; pero en cuanto abordó al asunto con su padre, éste se negó
terminantemente a considerar aquella fundación y mucho menos a autorizar a su
hija para que fuera religiosa. Entonces, Diana decidió hacerse justicia por sí
misma. Con el pretexto de visitar a sus amistades, se fue a Roxana, se
entrevistó con la canonesa de las agustinas y tanto rogó y discutió, que acabó
por convencerla a que le impusiera el velo. Tan pronto como sus familiares se
enteraron de lo que había hecho, fueron a Roxana decididos a sacarla del
convento por la fuerza, si fuese necesario; y por cierto que debieron recurrir
a la fuerza y utilizaron métodos tan violentos, que, en la reyerta, le
rompieron una costilla a la infortunada Diana y, materialmente a rastras, la
sacaron del convento.
Tras de devolverla a casa,
la encerraron con llave, pero no por eso iba a desistir la valiente muchacha;
en cuanto se restableció de los golpes recibidos, escapó de su encierro y
regresó a Roxana. Parece que, desde entonces, sus familiares no volvieron a
hacer el intento de disuadirla y, por el contrario, todos acabaron por
responder con creces a los deseos de la joven. El beato
Jordán de Sajonia se
ganó la voluntad del señor d'Andalo y la de sus hijos en forma tan completa, que entre todos
fundaron un pequeño convento para monjas dominicas. Ahí, en 1222, se instaló
Diana con otras cuatro compañeras. Como ninguna de ellas tenía experiencia en
la vida de religión, se llamó a cuatro monjas del convento de San Sixto de Roma
para que las instruyesen. Dos de estas monjas, Cecilia y Amata, quedaron desde
entonces íntimamente asociadas con Diana; las dos fueron sepultadas en la tumba
de Diana, y las tres fueron beatificadas al mismo tiempo, en 1891. De Amata no
se sabe nada, y de hecho, aunque autorizado su culto para la Orden de
Predicadores, no está inscripta en el Martirologio Romano; pero sí de Cecilia,
que era descendiente de la noble familia romana de los Cesarini y, en todos sentidos, una
mujer notable.
Cuando Cecilia era una
muchacha de diecisiete años y se encontraba en el convento de Trastevere, antes de trasladarse a
San Sixto, se distinguió por haber sido una de las primeras religiosas que
respondió a los esfuerzos de santo Domingo para reformar las órdenes y fue ella
quien convenció a la abadesa y a las otras hermanas para que se sometieran a la
regla del santo. Como fue Cecilia la primera mujer que recibió el hábito de las
dominicas, era la indicada para gobernar el pequeño convento de Santa Inés, en
Bolonia, durante sus primeros tiempos de existencia. El beato Jordán sentía
especial afecto por aquella pequeña comunidad que él mismo había fundado y,
aparte de sus frecuentes visitas, mantuvo siempre una activa correspondencia
con Diana. A menudo, en sus cartas, decía que los rápidos progresos de la orden
podían atribuirse a las oraciones de las monjas de Santa Inés. Asimismo, con
frecuencia les recomendaba que no pusiesen demasiado a prueba sus fuerzas con
penitencias exageradas.
La Beata Diana murió el 10
de junio de 1236, cuando no tenía más de treinta y seis años. Cecilia la
sobrevivió mucho tiempo -murió el 4 de agosto de 1290-, y era ya anciana cuando
dictó a una escribiente sus recuerdos de santo Domingo. En ese escrito figura
una descripción muy gráfica del santo fundador.
Hay una biografía en latín
de la beata Diana, que se encontrará impresa en el volumen de H. M. Cormier, La b. Diane d'Ándalo (1892). Las cartas del
Beato Jordán fueron reeditadas en 1925 por B. Altaner, en Die Briefe Jordans von Sachsen. N.ETF: en el Butler
indicaba la fecha de muerte de Diana como 9 de enero, pero la inscripción en el
Martirologio y la consulta con otros santorales hacen pensar que esa fecha no
se considera ya correcta, sino el 10 de junio.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston,
SI
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lunes 04
Agosto 2014
Beatos José Batalla Parramón
Beatos José Batalla Parramón, José Rabasa Bentanachs y Gil Rodicio Rodicio,religiosos mártires
En Barcelona, también de
España, beatos mártires José Batalla Parramón, presbítero, José Rabasa Bentanachs y Egidio Gil Rodicio,
religiosos de la Sociedad de San Francisco de Sales, que durante la misma
persecución alcanzaron la vida eterna con la defensa de la fe.
En lugares distintos de
Barcelona fueron martirizados el día 4 de agosto de 1936 tres religiosos
salesianos, uno de ellos sacerdote y dos coadjutores laicos, los tres formaban
parte de la comunidad salesiana de Sarria. Fueron beatificados el 11 de marzo de
2001 por el papa Juan Pablo II en la ceremonia conjunta de los 233 mártires de
la persecución religiosa en Valencia de los años 1936-1939.
José Batalla Parramón, el sacerdote, había
nacido en Abella de la Conca, provincia de Lleida, el 15 de enero de 1873 en el
seno de una familia modesta. Ingresó en la congregación salesiana y a los
veinte años profesó en Sarria. Hizo los estudios pertinentes y se ordenó sacerdote
en 1900. Estuvo en varios destinos hasta que en 1909 es enviado a la casa de
Barcelona-Sarria como confesor y enfermero. Allí estaría 27 años, haciendo una
labor magnífica en la enfermería, por lo que se lo llamaba «san Juan de Dios».
José Rabasa Bentanachs, había nacido en Noves de Segres, provincia de Lleida, el
26 de junio de 1862 en el seno de una familia pobre. Al quedar huérfano siendo
niño, una señora se hizo cargo de él y en 1890 lo colocó como ayudante de
cocina en el colegio salesiano de Barcelona-Sarria. Decidido por la vocación
religiosa, fue aceptado en el noviciado y profesó en 1892. Destinado a diversas
casas como cocinero, volvió a Sarria en 1923, siendo muy piadoso y ejemplar. Al
cumplir los 70 años ya no tuvo fuerzas para llevar la cocina y fue exonerado
del cargo, dedicando mucho tiempo a la oración. Cuando el día 21 de julio de
1936 la comunidad de religiosos fue expulsada de la casa, ambos religiosos
consiguieron que Esquerra Republicana de Cataluña les concediera seguir en ella
atendiendo a los heridos de guerra, ya que la casa se había habilitado como
hospital de sangre. Pero el día 31 ambos fueron expulsados a la calle. Se
refugiaron en casa de doña Emilia Munill,
donde llevaron vida de mucha piedad y recogimiento. Tenían ya preparados los
pasaportes para marchar a Italia pero en lugar de ir a recogerlos directamente
se acercaron a la casa de Sarria a recoger alguna ropa, en el tranvía fueron
reconocidos y entonces los arrestaron y asesinaron.
El otro religioso salesiano
muerto ese mismo día fue don Gil Rodicio
Rodicio, coadjutor laico. Había
nacido en Requejo, Orense, el 23 de marzo de
1888. Había sido alumno de la casa de Barcelona-Sarria, y profesó en la
congregación en 1908. Desde 1921 estaba destinado en la casa de Sarria como
panadero. Hacía su trabajo con gran espíritu religioso. Cuando fue echado de la
casa el 21 de julio de 1936, lo hospedó don Alberto Llor, en cuya casa se dedicó a
la oración y a sobrellevar su situación con paciencia. Denunciado, fue
arrestado y llevado al comité que funcionaba en el Museo Naval. Pidió que a la
familia que lo albergaba no la hicieran daño, y seguidamente fue asesinado.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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Santo(s) del día
San
Juan María Vianney
San Onofre de Catanzaro
San Rainero de Split
Beata Cecilia de Bolonia
Beato Guillermo Horne
Beato Federico Janssoone
Beato Gonzalo Gonzalo
Beatos José Batalla Parramón
Beato Enrique Krzysztofik
San Aristarco de Tesalónica
San Tertuliano Roma
San Eleuterio de Tarsia
Santa Ia de Persia
San Eufronio de Tours
Santa Perpetua Roma
San Agabio de Verona
Beato Reginaldo de San Gil
San Onofre de Catanzaro
San Rainero de Split
Beata Cecilia de Bolonia
Beato Guillermo Horne
Beato Federico Janssoone
Beato Gonzalo Gonzalo
Beatos José Batalla Parramón
Beato Enrique Krzysztofik
San Aristarco de Tesalónica
San Tertuliano Roma
San Eleuterio de Tarsia
Santa Ia de Persia
San Eufronio de Tours
Santa Perpetua Roma
San Agabio de Verona
Beato Reginaldo de San Gil
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