Primer Viernes
01 Agosto 2014
Santos Domingo Nguyen
En la ciudad Nam Dinh, en Tonquín, santos Domingo Nguyen Van Hanh (Dieu), de la Orden de
Predicadores, y Bernardo Vu Van Due, presbíteros y mártires,
que murieron decapitados por su fe en Cristo, en tiempo del emperador Minh Mang.
Estos dos venerables
sacerdotes, dominico el uno y diocesano el otro, fueron ejecutados en Nam-Dinh el 1 de agosto de 1838. El
martirio se produjo por decapitación. Ambos se habían negado firmemente a
apostatar y ambos habían dedicado su vida al servicio del Señor. Fueron
canonizados por el papa Juan Pablo II el 19 de junio de 1988.
Domingo Nguyen Van Hanh, llamado también Dieu o Dien, había nacido en Nghe-Anh y había sido acogido por
el santo obispo Clemente Ignacio Delgado siendo muy joven para que sirviera a la misión. Sus
buenas cualidades y actitudes le hacían apto para el sacerdocio y el joven fue
aceptado para prepararse al mismo, pero sintió la vocación religiosa y pidió
ser admitido en la Orden de Predicadores, en la que hizo el noviciado y
pronunció los votos religiosos el 22 de agosto de 1826. Posteriormente completó
sus estudios y fue ordenado sacerdote, ejerciendo con gran celo desde entonces
su ministerio. Llegada la persecución se escondió, pero fue traicionado por dos
personas falsas amigas y fue capturado el 8 de junio de 1838. Encerrado en la
cárcel de Nam-Dinh, se le intimó en numerosas
ocasiones para que apostatara y se le aplicó varias veces el tormento de los
azotes, derramando abundante sangre, pero sin que nunca titubeara o mostrara la
menor debilidad en la profesión de la fe. Por fin fue juzgado y condenado a
muerte el 28 de junio de aquel mismo año y quedó en la cárcel a la espera de la
confirmación real de la condena de muerte, siendo ejecutado cuando ésta llegó.
Bernardo Vu Van Due había nacido en Quan-Anh hacia 1755 en el seno de
una familia cristiana. De niño ya sintió la vocación sacerdotal. Hechos los
estudios fue ordenado por san Clemente Ignacio Delgado. Trabajó seguidamente
muchos años como buen ministro del Señor y era ya muy anciano y estaba sordo y
casi ciego cuando estalló la persecución. Vivía retirado en la población de Trung-Lé. Llegados allí los
soldados, destruyeron la misión y buscaron a los misioneros. Los cristianos
intentaron salvarlo escondiéndolo en sus casas, pero cuando el anciano supo que
el vicario apostólico había sido detenido, comenzó a dar voces diciendo que él
era cristiano. Para no delatarlo ni tenerlo en casa, pues sus gritos eran un
peligro para sus hospedadores, lo llevaron a la choza de un leproso, donde por
fin fue localizado y arrestado. Llevado a la cárcel de Nam-Dinh se mantuvo firme en la
confesión de la fe, y pese a que querían salvarlo por ser tan anciano, no hubo
modo de que apostatara. El día 28 de junio de 1838 fue condenado a muerte, lo
que era ilegal pues estaba vedado por la ley ejecutar a los ancianos. Pero las
autoridades locales insistieron en que había que dar con él un escarmiento y el
rey confirmó la sentencia.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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viernes
01 Agosto 2014S
an Secundino de Prenestina
San Secundino, mártir
En la vía Prenestina, a treinta miliarios de
Roma, san Secundino, mártir.
La fecha tradicional de
celebración de este mártir de Córdoba es el 21 de mayo, y en ella lo recoge el
texto correspondiente de Acta Sanctorum, que trae todo lo que ha quedado acerca
de él, que lamentablemente es escasísimo: la noticia sobre su martirio se nos
transmite fundamentalmente por el Martirologio de Usuardo, del siglo IX, con estas
lacónicas palabras: «En Córdoba, san Secundino mártir.» De esta noticia traen
todas las demás recensiones históricas: maurónico, Molano, Canisio,
y todas las autoridades medievales. Se lo signa en el año 306, en el que no
debería ya hablarse de la persecución de Dioclesiano y Maximiano, pero puesto que, como argumenta Bartolomé
Sánchez de Feria, los decretos persecutorios no habían sido derogados, y la persecuión continuaba, se puede
aceptar que incluso en el 306 el martirio corresponde a aquella décima
persecución.
El Breviario de Córdoba
afirma que murió decapitado, aunque no se conserva ningún relato auténtico de
su pasión. En el año 1601 el obispo de Córdoba D. Francisco de Regnolo, escribe las lecciones de
su memoria. Hasta la última edición del Viejo Martirologio Romano (es decir,
hasta la de 1922), aparece inscripto, como ya se dijo, el 21 de mayo, y en esa
misma fecha aparece atestiguado en todas las autoridades; sin embargo, en el
Nuevo Martirologio Romano se ha movido al 20 de abril; posiblemente la nueva
fecha provenga de la tradición que recoge la «Historia de los mozárabes en
España», quien trae el repertorio de celebraciones que se realizaban en la
influyente basílica cordobesa de San Zoilo durante la época de la dominación
musulmana, y entre esas celebraciones menciona la de san Secundino, no el 21 de
mayo, como cabría esperar, sino el 20 de abril.
Ver Acta Sanctorum, mayo,
tomo V, día 21, pág. 6; Historia de los Mozárabes en España, D. Fco Javier Simonet, Real Academia de la
Historia, Tomo I, Madrid, 1897-1908, pág. 615; Palestra Sagrada, o Memorial de
Santos de Cordoba, de D. Bartolomé Sánchez
de Feria, 1732, pág 445ss. trae la cuiriosidad de que «Los Crónicos, que
en el Siglo pasado apestaron á España, dieron en decir, que San Secundino
nuestro Martyr havia sido Obispo Castulonense. Vieron su Historia
desnuda de noticias, y se valieron de esta ocasion
para introducir novelas en voz de novedades, y hacerse estimables por sus raras
advertencias»; no he encontrado ninguna otra mención de este supuesto
episcopado atribuido tardíamente.
viernes
01 Agosto 2014
San Alfonso María Ligorio
San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria de san Alfonso
María de Ligorio, obispo y doctor de la
Iglesia, que refulgió por su celo por las almas y por sus escritos, su palabra
y su ejemplo. A fin de promover la vida cristiana en el pueblo, trabajó
infatigablemente predicando y escribiendo, especialmente sobre teología moral, disciplina
en la que es considerado maestro, y tras muchos obstáculos, fundó la
Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente falta de
formación. Elegido obispo de Sant'Agata dei Goti, se entregó de modo
excepcional a este ministerio, que tuvo que dejar quince años después aquejado
por graves enfermedades, y pasó el resto de su vida en Nocera dei Pagani, en Campania, entre
grandes sacrificios y dificultades.
San Alfonso nació cerca de
Nápoles en 1696. Sus padres eran don José de Liguori, capitán de las galeras del rey, y
Doña Ana Cavalieri. Ambos esposos eran tan
distinguidos como virtuosos. El santo recibió en el bautismo los nombres de
Alfonso María Antonio Juan Francisco Cosme Damián Miguel Gasllar; pero prefería que le
llamasen simplemente Alfonso María. El padre de Alfonso, deseaba que su
primogénito recibiese una educación muy esmerada y le nombró tutores desde muy
niño. Empezó a estudiar jurisprudencia a los trece años y a los dieciséis, por
privilegio especial, pudo presentar en la Universidad de Nápoles el examen de
doctorado en derecho civil y canónico y obtuvo el título por aclamación. Una
leyenda afirma que Alfonso no perdió un solo caso en los ocho años que ejerció
la abogacía. En 1717, Don José arregló el matrimonio para su hijo, pero la boda
no llegó a celebrarse. Alfonso siguió trabajando como hasta entonces. Durante
un par de años, el joven se resfrió un tanto en su vida religiosa y concibió
cierto gusto por la vida social, aunque conservó siempre el propósito de no
cometer un solo pecado mortal. Alfonso era muy afecto a oír música en el
teatro, pero además se presentaban ahí otros espectáculos indecorosos. Para
evitarlos, como Alfonso era muy miope, le bastaba quitarse los anteojos cuando
se levantaba el telón, oír la buena música y no ver el mal espectáculo. En la
cuaresma de 1722 hizo un retiro en el convento de los lazaristas; ello y la
recepción del sacramento de la confirmación en el otoño del mismo año,
reavivaron su fervor, de suerte que, en la cuaresma del año siguiente, el joven
hizo voto de virginidad y de abandonar el ejercicio de su profesión en cuanto
comprendiese que Dios se lo pedía. Pocos meses más tarde, Dios manifestó
claramente su voluntad.
Cierto noble napolitano
había puesto pleito al gran duque de Toscana para obtener la posesión de una
propiedad valuada en una suma altísima. Una de las partes contendientes,
probablemente el noble napolitano, solicitó los servicios de Alfonso, y el
discurso que éste pronunció en favor de su cliente, impresionó mucho a la
corte. Pero cuando Alfonso terminó de hablar, eI abogado de su adversario se contentó con decirle: «Todo
vuestro discurso ha ido inútil, porque no habéis mencionado el punto del que
depende esencialmente la solución del caso». Alfonso le pidió la prueba de
ello, y el abogado le tendió un documento que Alfonso había leído varias veces,
pero sin caer en la cuenta del sentido del párrafo subrayado. La cuestión que
se trataba de aclarar era si la propiedad estaba sujeta a la ley de Lombardía o
a las capitulares de Anjou. Ahora bien, el párrafo
mencionado por el abogado del adversario resolvía la cuestión contra el cliente
de Alfonso. Este guardó silencio un momento y después declaró: «Me he
equivocado. Tenéis razón y habéis ganado la causa». Dicho esto, abandonó la sala.
A pesar de la indignación de su padre, Alfonso se negó a seguir en el ejercicio
de su profesión y a contraer matrimonio. En dos ocasiones, mientras visitaba a
los enfermos del hospital de incurables, oyó una voz que le decía: «Abandona el
mundo y entrégate a Mí». Alfonso se dirigió entonces a la iglesia de Nuestra
Señora de la Misericordia, puso su espada sobre el altar y pidió ser admitido
en el oratorio. Don José hizo lo imposible por disuadir a su hijo, pero al fin,
viéndole tan decidido, le dio permiso de que recibiese la ordenación
sacerdotal, a condición de que abandonase el oratorio y fuese a vivir a su
casa. Siguiendo el consejo del P. Pagano, su director de conciencia, que era
oratoriano, Alfonso aceptó la condición.
Después de hacer los
estudios sacerdotales en su casa, fue ordenado en 1726. Pasó los dos años
siguientes en trabajos de misión en el reino de Nápoles, donde dejó huella. En
los comienzos del siglo XVIII, se exageró en el púlpito la tendencia
renacentista a la oratoria ampulosa y florida y, en el confesionario, el
rigorismo jansenista. El padre Alfonso se rebeló contra ambas tenciencias. Predicaba con tal
sencillez, que alguien observó: «Es un placer escuchar vuestros sermones,
porque os olvidáis de vos para predicar a Jesucristo». El santo decía más tarde
a sus misioneros: «Emplead un estilo sencillo, pero trabajad a fondo vuestros
sermones. Un sermón sin lógica resulta disperso y falto de gusto. Un sermón
pomposo no llega a la masa. Por mi parte, puedo deciros que jamás he predicado
un sermón que no pudiese entender la mujer más sencilla». El santo trataba a
sus penitentes como almas que era necesario salvar y no como criminales que
había que castigar para que volviesen al buen camino. Se dice que jamás rehusó
la absolución a un penitente. Naturalmente, los métodos del padre Alfonso no
agradaban a todos y no faltaba quien los mirase con suspicacia. El santo
organizó en grupos a los «lazzaroni» de Nápoles para enseñarles la doctrina cristiana y la
práctica de la virtud. En una ocasión, Alfonso reprendió a uno de los miembros
porque ayunaba exageradamente, y a otro le dijo: «Dios quiere que comamos para
vivir. Por consiguiente, cuando haya buena carne, comedla tranquilamente, pues
os hará mucho bien». Los enemigos del santo se encargaron de desvirtuar esas
palabras y transformar su sentido, afirmando que Alfonso se dedicaba a
organizar la secta «de la buena carne» y que ello olía a epicureísmo, quietismo
y otras herejías. Las autoridades civiles y eclesiásticas intervinieron en el
asunto, arrestaron a algunas personas y obligaron a san Alfonso a explicarse.
El arzobispo, después de oírle, le aconsejó únicamente que fuese más prudente:
pero la secta «de la buena carne» siguió existiendo y se transformó, con el
tiempo, en la gran Cofradía de las Capillas; sus miembros, que pertenecían a
las clases trabajadoras, se reunían diariamente para orar en común y recibir
instrucción en las capillas de la cofradía.
En 1729, a los treinta y
tres años de edad, San Alfonso abandonó la casa paterna y pasó a ejercer el
cargo de capellán en un seminario en que se preparaban los misioneros
destinados a China. Ahí conoció a Tomás Falcoia,
con el que pronto trabó amistad. Tomás era un sacerdote de la edad de Alfonso,
que había consagrado su vida a fundar un instituto, según una visión que tuvo
en Roma. Pero hasta entonces, sólo había conseguido establecer un convento de
religiosas en Scala, cerca de Amalfi, donde
las religiosas se regían por las reglas de las visitandinas. Una de ellas, llamada
María Celeste, comunicó al P. Falcoia
que había tenido una revelación de las reglas que debían gobernar a la
congregación, y el joven sacerdote quedó muy impresionado al ver que dichas
reglas coincidían exactamente con las que le habían sido reveladas a él. San
Alfonso empezó a interesarse en el asunto en 1730. Por la misma época, el P. Falcoia fue elegido obispo de Castellamare, lo que le permitió entrar
de nuevo en contacto con las religiosas de Scala.
Uno de los primeros actos de su episcopado fue invitar a Alfonso a predicar
unos ejercicios a las religiosas. El hecho había de tener grandes consecuencias
para todos.
San Alfonso predicó los
ejercicios y aprovechó la ocasión para investigar, con la precisión de un
abogado, el asunto de las visiones de María Celeste, hasta que llegó a la
conclusión de que se trataba realmente de una revelación y no de una
alucinación. Así pues, con la autorización del obispo de Scala y el consentimiento de las
religiosas, les aconsejó que se atuviesen a las reglas de la revelación de
María Celeste. El día de la Transfiguración de 1731, las religiosas vistieron
el nuevo hábito, rojo y azul, y abrazaron la estricta clausura y la vida de
penitencia. Tales fueron los comienzos de la Congregación de las Redentoristas,
que todavía existen en algunos países. San Alfonso se había encargado de
explicar y comentar los puntos oscuros de la regla. Mons. Falcoia le propuso entonces que
fundase una congregación de misioneros que se dedicasen a trabajar entre los
campesinos. El santo aceptó, a pesar de la violenta tempestad que suscitó la
empresa. En 1732, se trasladó de Nápoles a Scala,
después de haberse despedido, con detenimiento y tristeza, de su padre. En
noviembre del mismo año, fundó la Congregación del Santísimo Redentor, cuya
primera casa pertencía al convento de las
religiosas. La ongregación contaba con nueve
postulantes. San Alfonso era el superior inmediato, Mons. Falcoia tomó por su cuenta la
dirección general. Pero casi nmediatamente surgieron dificultades, pues unos sostenían que san Alfonso
era la suprema autoridad de la congregación y otros apoyaban la causa del
obispo. En una palabra, la congregación se vio pronto dividida por el cisma.
Por otra parte, María Celeste partió a Foggia a fundar un nuevo convento, de
suerte que, al cabo de cinco meses, el santo se encontró sólo con un hermano
coadjutor. Sin embargo, más tarde se presentaron otros candidatos, y san
Alfonso estableció la sede de la congregación en una casa más grande. En 1733,
los nuevos misioneros predicaron en Amalfi con gran éxito. En enero del año
siguiente, fundó otra casa en Villa degli
Schiavi y se dedicó a misionar
ahí. San Alfonso es tan famoso como moralista, como escritor y como fundador de
los Redentoristas que, con frecuencia, se olvida su brillante actuación como
misionero popular. De 1726 a 1752, san Alfonso predicó con enorme éxito en todo
el reino de Nápoles, particularmente en las regiones rurales. Su confesonario
estaba siempre asediado y Alfonso convertía a los pecadores más endurecidos a
la práctica de los sacramentos, reconciliaba a los enemigos y restablecía la
paz en las familias. De san Alfonso heredaron us hijos la costumbre de volver a los pueblos misionados
algunos meses después de las prédicas para confirmar y consolidar el trabajo.
Pero las dificultades de la
nueva congregación apenas habían comenzado. En el año de la fundación de Villa degli Schiavi, España reconquistó el
Reino de Nápoles. Carlos III, monarca absolutista si los hubo, ocupaba el
trono, y su primer ministro, el marqués Bernardo Tanucci, iba a ser durante toda su vida el
gran enemigo de los Redentoristas. En 1737, un sacerdote poco honorable divulgó
falsos rumores sobre los ocupantes de la casa de Villa degli Schiavi; algunos hombres armados
atacaron a la comunidad y san Alfonso juzgó prudente suprimir esa fundación. Al
año siguiente, se vio obligado a suprimir también la casa de Scala. Por otra parte, el cardenanal Spinelli, arzobispo de Nápoles,
encomendó al santo la organización de una gran misión en toda su arquidiócesis.
San Alfonso la organizó y predicó durante dos años, hasta que la muerte de
Mons. Falcoia le permitió volver a
ocuparse de su congregación. En el capítulo que fue convocado, san Alfonso fue
elegido superior general; el mismo capítulo general se encargó de redactar las
constituciones. Los misioneros así reorganizados fundaron varias casas en los
años siguiente, a pesar de la oposición de las autoridades españolas. El
regalismo estaba a la orden del día, y el anticlericalismo implacable de Tanucci era una espada que
amenazaba constantemente la vida de la nueva congregación. En 1748, san Alfonso
publicó en Nápoles la primera edición de su «Teología Moral», en forma de
comentario a la obra del P. Busenbaum, teólogo jesuita. La segunda edición, que fue propiamente la
primera de la obra completa, apareció entre los años de 1753 y 1755. El Papa
Benedicto XIV la aprobó y el éxito fue enorme, ya que san Alfonso trazaba con
extraordinaria sabiduría el camino intermedio entre el rigorismo jansenista y
el laxismo. Durante la vida del santo se publicaron siete ediciones más. Los
jansenistas habían acabado por introducir en el pueblo la costumbre de comulgar
muy de vez en cuando, con el pretexto de estar mejor preparados para recibir
ese altísimo sacramento, y habían considerado la devoción a la Santísima Virgen
como una superstición. San Alfonso atacó ambos errores y defendió sobre todo la
devoción a Nuestra Señora, con la publicación de «Las Glorias de María» (1750).
A partir de 1743, fecha de
la muerte de Mons. Falcoia, san Alfonso desplegó una
actividad increíble para guiar a su Congregación a través de los más peligrosos
escollos, en el intento de obtener para ella la autorización regia; ayudaba a
las almas, predicaba misiones en Nápoles y en Sicilia y escribía libros. Lo
extraordinario era que aún encontraba tiempo para pintar y componer himnos y
piezas musicales. Un prelado de Nápoles resumió la opinión popular en las
siguientes palabras: «Si yo fuese Papa, le canonizaría sin hacer ningún
proceso». El P. Mazzini escribía: «Cumplió de un
modo perfectísimo el precepto divino de amar a Dios sobre todas las cosas, con
todo su corazón y con todas sus fuerzas. Ello es patente a todos y parlicularmente a mí, que pasé tantos años
con él. El amor de Dios resplandecía en todos sus actos y palabras: en su
manera de hablar de Dios, en su recogimiento, en la devoción con que oraba ante
el Santísimo Sacramento y en su continuo ejercicio de la presencia divina». San
Alfonso era estricto, pero a la vez tierno y compasivo. Como él mismo había
sufrido de escrúpulos, sabía comprender a quienes los padecían. En el proceso
de beatificación, el P. Cajone afirmó: «A mi modo de ver,
su virtud característica era la pureza de intención. Trabajaba siempre y en
todo, por Dios, olvidado de sí mismo. En cierta ocasión nos dijo: `Por la
gracia de Dios, jamás he tenido que confesarme de haber obrado por pasión. Tal
vez sea porque no soy capaz de ver a fondo en mi conciencia, pero, en todo
caso, nunca me he descubierto ese pecado con claridad suficiente para tener que
confesarlo.'» Esto es verdaderamente extraordinario, si se tiene en cuenta que
san Alfonso era un napolitano de temperamento apasionado y violento, que podía
haber sido fácilmente presa de la ira, del orgullo y de la precipitación.
A los sesenta y cinco años,
san Alfonso fue nombrado por el papa Clemente XIII obispo de Santa Agata dei Goti, situada entre Benevento y
Capua. El mensajero del Nuncio
Apostólico se presentó en Nocera,
saludó al santo con el título de Ilustrísimo Señor y le dio el documento en que
se le anunciaba su nombramiento. San Alfonso, después de haberlo leído, lo
devolvió con estas palabras: «Por favor, no volváis a llamarme Ilustrísimo
Señor, porque eso me causaría la muerte». Pero el Papa no aceptó la renuncia, y
el santo fue consagrado en la iglesia de la Minerva de Roma. Santa Agata era una diócesis pequeña.
Tal vez era ésa su única cualidad. Había en ella 30.000 habitantes, diecisiete
casas religiosas y cuatrocientos sacerdotes, de los que unos cuantos vivían
confortablemente de las rentas de sus beneficios sin practicar los ministerios
sacerdotales, y los otros no sólo eran negligentes, sino que positivamente
vivían en el mal. Los fieles no eran mejores que sus pastores y la situación
empeoraba de día en día. El nuevo obispo se estableció modestamente y organizó
una gran misión. Para ello pidió ayuda a todas las congregaciones religiosas de
Nápoles; la única que excluyó, con gran tacto y prudencia, fue la de los
redentoristas. El santo sólo recomendó dos cosas a los misioneros: la sencillez
en el púlpito y la caridad en el confesonario. Más tarde, dijo a un sacerdote
que no seguía sus consejos: «Vuestro sermón me quitó el sueño toda la noche ...
Si lo que queríais era predicaros a vos y no a Jesucristo, no valía la pena
venir desde Nápoles a Ariola». San Alfonso emprendió
también la reforma del seminario y de la manera negligente de conceder los
beneficios eclesiásticos. Algunos sacerdotes celebraban la misa en menos de
quince minutos. San Alfonso los suspendió «ipso facto», a no ser que se corrigiesen,
y escribió un conmovedor tratado sobre ese punto: «En el altar el sacerdote
representa a Jesucristo, como dice san Cipriano. Pero muchos sacerdotes
actuales, al celebrar la misa, parecen más bien saltimbanquis que se ganan la
vida en la plaza pública. Lo más lamentable es que aun los religiosos, y los
religiosos de órdenes reformadas, celebran la misa con ial prisa y mutilando tanto
los ritos, que los mismos paganos quedarían escandalizados ... Ver celebrar así
el Santo Sacrificio es para perder la fe».
Algún tiempo después, se
descargó sobre la diócesis de Santa Agata
una terrible carestía, a la que siguió una epidemia de peste. San Alfonso había
vaticinado esa calamidad desde hacía dos años, pero sin que nadie hiciese algo
por evitarla. Las gentes morían de hambre por millares. El santo vendió cuanto
tenía, desde su coche de mulas hasta su anillo pastoral, para comprar grano. La
Santa Sede le dio permiso de emplear los fondos de la diócesis, y san Alfonso
contrajo deudas a diestra y siniestra para socorrer a los necesitados. Cuando
la chusma pidió que se condenase a muerte al alcalde de Santa Agata, a quien se acusaba
injustamente de almacenar el grano, san Alfonso hizo frente a la multitud,
ofreció su propia vida a cambio de la del alcalde y, finalmente, consiguió
apaciguar al populacho adelantándole la ración de los dos días siguientes. El
santo obispo se mostró particularmente enérgico en la reforma de la moralidad
pública. Trataba siempre de proceder con bondad al principio, pero, cuando no
obtenía promesas serias de enmienda o las gentes no las cumplían, no vacilaba
en recurrir a medidas más vigorosas y aun en solicitar la ayuda de las
autoridades civiles. Naturalmente, eso le creó numerosos enemigos; más de una
vez los personajes de alcurnia y las gentes contra las que el santo había
instruido procesos, le amenazaron con matarle. Probablemente los tribunales
exageraron algún tanto la costumbre de imponer el destierro a los pecadores
públicos y privados que no se enmendaban, y seguramente que los obispos de las
diócesis circundantes no encontraban gran consuelo en la opinión del obispo de Santa
Agata, quien decía: «Cada obispo
está obligado a velar por su propia diócesis. Cuando los que infringen la ley
se vean en desgracia, arrojados de todas partes, sin techo y sin medios de
subsistencia, entrarán en razón y abandonarán su vida de pecado».
En junio de 1767 san
Alfonso sufrió un terrible ataque de reumatismo. La enfermedad se complicó
rápidamente, de suerte que el santo recibió los últimos sacramentos, y la
diócesis empezó a preparar sus funerales. Sin embargo, después de doce meses de
enfermedad, Alfonso salió del peligro, aunque quedó para siempre con el cuello
torcido, como lo muestran varias pinturas. Al principio tenía el cuello tan
doblado, que la presión del mentón le abrió una llaga en el pecho y no podía
celebrar la misa; gracias a la intervención de los cirujanos pudo levantar un
tanto la cabeza, pero aun entonces el santo tenía que sentarse para comulgar.
Además de los ataques lanzados contra su teología moral, san Alfonso tuvo que
hacer frente a los que sostenían que la Congregación de los Redentoristas era
simplemente una continuación de la Compañía de Jesús (que había sido suprimida
en los dominios españoles en 1767). El proceso comenzó en 1770; trece años
después, los tribunales dieron la razón a san Alfonso. Clemente XIV murió el 22
de septiembre de 1774. Al año siguiente san Alfonso pidió a Pío VI que le
permitiese renunciar al gobierno de su sede. Aunque Clemente XIII y Clemente
XIV habían negado al santo ese permiso, Pío VI, teniendo en cuenta los efectos
de la fiebre reumática, se lo concedió finalmente. San Alfonso se retiró
entonces a la casa de los redentoristas en Nocera,
con la esperanza de acabar tranquilamente sus días.
Pero Dios lo dispuso de
otro modo. En 1777 las redentoristas fueron atacados de nuevo; san Alfonso
decidió entonces hacer otro esfuerzo por conseguir la aprobación real de la
congregación, que contaba ya con cuatro casas en los Estados Pontificios, además
de las cuatro casas de Nápoles y Sicilia. Lo que sucedió fue una verdadera
tragedia. De acuerdo con el consejo de Mons. Testa, capellán del rey, san
Alfonso había suprimido las cláusulas referentes a la propiedad en común. Por
su parte, Mons. Testa se había comprometido a presentar al rey el texto exacto
de la solicitud de san Alfonso. Pero Mons. Testa, en vez de cumplir su palabra,
alteró las constituciones en varios puntos vitales y aun suprimió los votos de
religión de los miembros de la congregación. Después de ganar a su causa a uno
de los consejeros de la congregación, el P. Majone,
Mons. Testa presentó el nuevo texto a san Alfonso, pero escrito con letra muy
pequeña y con muchas tachaduras. El santo, que estaba ya muy viejo, sordo y
medio ciego, firmó el documento después de leer las primeras líneas, que
conocía de memoria.
Aun el mismo vicario
general de San Alfonso, el P. Andrés Villani,
parece haber participado en la conspiración, probablemente por miedo. El rey
aprobó íntegramente el documento, que por el mismo hecho adquirió fuerza de
ley. Cuando se leyeron a los redentoristas las nuevas constituciones, estalló
la tempestad. Los miembros de la congregación dijeron al santo: «Habéis
destruido la congregación que habíais fundado». San Alfonso dijo al P. Villani: «Jamás imaginé que
podríais traicionarme en esa forma» y se reprochó su propia debilidad y
negligencia: «Yo hubiese debido leer el documento; pero bien sabéis cuán
difícil me es leer aun unas cuantas líneas». Negarse a aceptar las
constituciones aprobadas por el rey equivalía a la supresión de la
congregación; aceptarlas, acarreaba forzosamente una sentencia de supresión por
parte de la Santa Sede, que había aprobado las reglas en su forma original. San
Alfonso llamó a todas las puertas para evitar la catástrofe, pero todo resultó
en vano. El santo hubiese querido ir a consultar al Sumo Pontífice, pero no
podía hacerlo, porque los redentoristas de los Estados Pontificios habían
apelado ya al Papa contra las nuevas constituciones y se habían puesto bajo su
protección. Pío VI les prohibió aceptar las constituciones aprobadas por el rey
y suprimió la jurisdicción de san Alfonso sobre ellos; tomando provisionalmente
a los redentoristas de los Estados Pontificios por los únicos redentoristas
legítimos, Pío VI nombró superior general al padre Francisco de Paula. En 1781,
los redentoristas de Nápoles aceptaron las constituciones, después de lograr
que el rey las modificase ligeramente. Pero la Santa Sede, que juzgó
inadmisibles dichas constituciones, hizo definitiva la supresión de la
jurisdicción de san Alfonso, de suerte que el santo se vio excluido de la
congregación que había fundado.
El santo llevó con
increíble paciencia la humillación que le había infligido una autoridad que él
amaba y respetaba tanto y vio la voluntad de Dios en aquella medida de la Santa
Sede, que aparentemente ponía fin a todas las esperanzas que había acariciado.
Pero Dios le reservaba una prueba todavía más dura. Entre los años de 1784 y
1785, el santo atravesó por un terrible período de «noche oscura del alma»,
durante el cual sufrió tentaciones contra todos los artículos de la fe, todas
las virtudes y se vio abrumado por los escrúpulos, vanos temores y
alucinaciones diabólicas. La tortura duró dieciocho meses, con algunos
intervalos de luz y reposo. A ello siguió un período de éxtasis muy frecuentes,
en el que las profecías y milagros sustituyeron a los escrúpulos y tentaciones.
El santo murió apaciblemente en la noche del 31 de julio al 1 de agosto de
1787, dos meses antes de cumplir noventa y un años. Pío VI, el Pontífice que
por error le había condenado, decretó en 1796 la introducción de la causa de beatificación
de Alfonso María de Ligorio. La beatificación tuvo
lugar en 1816 y la canonización en 1839. San Alfonso fue proclamado Doctor de
la Iglesia en 1871. El santo había predicho que la Congregación de los
Redentoristas había de extenderse y prosperar en los Estados Pontificios y que
la reunión con las casas del reino de Nápoles se efectuaría poco después de su
muerte. Sus profecías se cumplieron. En 1785, San Clemente Hofbauer fundó la primera casa de
la congregación más allá de los Alpes y, en 1793, el gobierno de Nápoles
reconoció las constituciones originales de los redentoristas y la unión se
llevó a cabo.
La primera biografía
importante de san Alfonso fue la que escribió su amigo e hijo espiritual, el P.
Tannoia (3 vols., Nápoles,
1798-1802). En la obra del P. Castle
hay una crítica muy pertinente de la obra del P. Tannoia (vol. II, pp. 904-905). Las
biografías del cardenal Villecourt (1864) y del cardenal Capecelatro (1892) presentan pocos
datos nuevos; en cambio, la biografía que escribió en alemán el P. K. Dilgskron (1887) se apoyaba en
muchos documentos inéditos y corregía los errores de muchos de los anteriores
biógrafos. Sin embargo, la biografía más completa es la que escribió en francés
el P. Berthe (1900). SS Juan Pablo II
escribió la carta apostólica Spiritus Domini en conmemoración, en 1989, del segundo aniversario de
la muerte del santo.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston,
SI
......................................
Obispo y doctor
(1696-1787). Casi todos los Santos traen un "mensaje"
para la Iglesia y surgen cuando el pueblo de Dios los necesita. San Alfonso
María de Ligorio ha legado a la Iglesia un
mensaje que no pasa de moda y que siempre es de palpitante
actualidad:
1) Profunda vida y sabia
doctrina sobre la oración.
2) Devoción tierna y
transformante a la Sagrada Eucaristía.
3) Filial devoción a la
Virgen María. Mensajes todos estos prolongados hasta
nosotros por dos conductos: Su vida y sus preciosas Obras, y por medio de sus
hijos los Redentoristas que heredaron su espíritu. Perteneció a una familia noble
napolitana. A los siete años ya lo ponen a estudiar las letras clásicas. A los
doce se matricula en la universidad y a los dieciséis ya es investido con la
toga de doctor en ambos Derechos. Estudia las lenguas
modernas, esgrima, arte, música y pintura que después le servirá todo esto para
su apostolado.
Su padre le había preparado
un ventajoso y lujoso matrimonio, pero Alfonso abrazó el camino de seguimiento
de Cristo en el sacerdocio. Se ordenó sacerdote en el año 1726. Aquel mismo día
hizo este propósito: "La Iglesia me honra concediéndome este don, yo
procuraré honrar a la Iglesia trabajando incansablemente por ella, con mi
pureza, con mi santidad".
Se entregó a recorrer toda
Italia predicando Misiones populares y escribiendo preciosos tratados sobre
todos los temas que sabía interesaban al pueblo fiel: Moral, Catecismos,
Sermones, Visitas al Santísimo, Tratados sobre la Virgen María. Las Glorias de
María será su obra inmortal juntamente con sus tratados de Teología Moral en la
que hasta ahora goza de una gran autoridad. El año 1732
funda la Congregación de los Redentoristas para que sigan su obra.
A sus 66 años el Papa
Clemente XIII le obliga a aceptar ser obispo de Santa Águeda de los Godos. Es
un padre y un Pastor maravilloso. No pierde un instante por formar a los demás
y por santificarse él. El Padre bueno le llama a sus 91 años, el 1 de agosto de
1787.
Oremos
Dios nuestro, que propones constantemente a tu Iglesia nuevos modelos de vida cristiana, apropiados a todas las circunstancias en que puedan vivir tus hijos, concédenos imitar el celo apostólico que desplegó el santo obispo Alfonso María de Ligorio por la salvación de sus hermanos, para que, como él, lleguemos también a recibir el premio reservado, a tus servidores fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
oooooooooooooo
_30_ Santo(s)
del día
San
Alfonso María Ligorio
San Serafin de Sarov
Santos mártires Macabeos
San Secundino de Prenestina
San Félix de Girona
San Eusebio de Vercelli
San Exuperio de Bayeux
San Severo de Aquitania
Santos Friardo y Secundino
San Jonato de Marchiennes
Santa Fe de Roma
Beato Emerico de Quart
San Bono Roma
Beato Juan Bufalari
San Cirilo Arabia
Beato Tomás Welbourne
San Leoncio Panfilia
Santos Domingo Nguyen
San Justino Auxerre
San Pedro Julián Eymard
Beato Bienvenido de Miguel Arahal
San Etelwoldo de Winchester
Beato Alexis Sobaszek
San Nemesio de Normandía
Beato Gerardo Hirschfelder
Beato Villaret
Beata María Estrella del Santísimo
Beato José Holanda
San Pedro ad Vincula
San Pedro Favre
San Serafin de Sarov
Santos mártires Macabeos
San Secundino de Prenestina
San Félix de Girona
San Eusebio de Vercelli
San Exuperio de Bayeux
San Severo de Aquitania
Santos Friardo y Secundino
San Jonato de Marchiennes
Santa Fe de Roma
Beato Emerico de Quart
San Bono Roma
Beato Juan Bufalari
San Cirilo Arabia
Beato Tomás Welbourne
San Leoncio Panfilia
Santos Domingo Nguyen
San Justino Auxerre
San Pedro Julián Eymard
Beato Bienvenido de Miguel Arahal
San Etelwoldo de Winchester
Beato Alexis Sobaszek
San Nemesio de Normandía
Beato Gerardo Hirschfelder
Beato Villaret
Beata María Estrella del Santísimo
Beato José Holanda
San Pedro ad Vincula
San Pedro Favre
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