viernes, 14 de noviembre de 2014

Beata María Luisa Merkert , San Serapión (1178) , San Esteban de Cuneo

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viernes 14 Noviembre 2014
San Esteban de Cuneo





Santos Nicolás Tavelic, Deodato Aribert, Esteban de Cúneo y Pedro de Narbonepresbíteros y mártires
En Jerusalén, santos Nicolás Tavelic, Deodato Aribert, Esteban de Cúneo y Pedro de Narbone, presbíteros de la Orden de los Hermanos Menores y mártires, que por predicar libremente en la plaza pública la religión cristiana a los sarracenos y confesar constantemente a Cristo como Hijo de Dios, fueron quemados vivos.
Sacerdotes y mártires de la Primera Orden, canonizados por SS. Pablo VI el 21 de junio de 1970.

Nicolás Tavelic (1340-1391) es el primer croata canonizado. Su figura se destaca grandemente en el ambiente de su tiempo. Nació hacia 1340 en la ciudad dálmata de Sebenic. Siendo adolescente entró en la Orden de Hermanos Menores y ya sacerdote fue enviado como misionero a Bosnia, donde se prodigó por cerca de 12 años por la conversión de los Bogomiles, patarenos balcánicos, junto con Deodato de Rodez. Hacia 1384 ambos se dirigieron a Palestina, donde se juntaron con otros dos cohermanos, Pedro de Narbona y Esteban de Cuneo. Todos cuatro entregaron su vida como mártires de Cristo.

Nicolás y los tres cohermanos, permanecieron en Jerusalén en el convento de San Salvador, en estudio y oración. Después de larga meditación, Nicolás proyectó una empresa audaz. La empresa estaba en el espíritu de San Francisco, movido por el Espíritu Santo, por el celo de la fe y por el deseo del martirio. Se trataba de anunciar públicamente en Jerusalén ante los musulmanes principales la doctrina de Cristo.

Deodato († 1391) nació en una ciudad francesa que en los textos originales latinos de la mayor parte de los autores es llamada “Ruticinium”, identificada con la actual ciudad de Rodez, sede episcopal. Todavía joven se hizo Hermano Menor y fue ordenado sacerdote en la provincia franciscana de Aquitania.

En los años 1372‑1373, el vicario general Padre Bartolomé de la Verna había hecho un llamamiento para conseguir religiosos para una particular expedición misionera a Bosnia. Una bula de Gregorio XI del 22 de junio presentaba en aquel momento buenas perspectivas para el progreso en la verdadera fe de aquellas zonas devastadas por la herejía de los Bogomiles, una secta hereje de fuerte tinte maniqueo, que a los errores dogmáticos unía en sus principales representantes una rígida austeridad de vida.

A Deodato de Rodez lo encontramos en este campo de actividad, en compañía de Nicolás Tavelic. Fue a Bosnia para responder al deseo del Vicario general y del Papa Gregorio XI, en las mismas circunstancias en que fue Nicolás de Tavelic. De este encuentro entre los dos santos nace una fraternal e íntima amistad, que los sostiene por doce largos años en medio de dificultades y fatigas comparables a las de los grandes misioneros de la Iglesia. Una relación pormenorizada, la “Sibenicensis” describe esta venturosa expedición apostólica de Bosnia junto con la relación de su martirio.

Hacia 1384 ambos se trasladaron a Palestina, donde encontraron, como ya se dijo, a los otros dos cohermanos Pedro de Narbona y Esteban de Cuneo, con quienes compartieron las actividades apostólicas y la palma del martirio.

Pedro de Narbona († 1391), de la provincia de los Hermanos Menores de Provenza, por varios años adhirió a la reforma surgida para una mejor observancia de la regla de San Francisco, reforma iniciada en 1368 en Umbría por el Beato Paoluccio Trinci. En poco tiempo se difundió en la Umbría, las Marcas, tanto que en 1373 contaba con una decena de eremitorios. Era un movimiento de fervor que tendía a renovar la forma primitiva de la vida franciscana, especialmente en el ideal de la pobreza y en el ejercicio de la piedad. Que Pedro de Narbona haya llegado de Francia meridional a los eremitorios umbros, es indicio del fervor religioso de su espíritu y esto proyecta una luz singular sobre toda su vida precedente a su permanencia en Jerusalén.

Esteban († 1391) nació en Cuneo en el Piamonte y se hizo Hermano Menor en Génova, en la provincia religiosa de la Liguria. Durante ocho años trabajó activamente en Córcega, como miembro de la vicaría franciscana corsa. Podemos decir que de este modo hizo un buen noviciado apostólico. Pasó luego como misionero a Tierra Santa, donde el 14 de noviembre de 1391 selló con el martirio la predicación evangélica. Junto con los tres compañeros, quería demostrar que el islamismo no es la verdadera religión. Cristo Hombre‑Dios, no Mahoma, era el enviado de Dios para salvar a la humanidad.

El 11 de noviembre de 1391 después de intensa preparación los cuatro misioneros realizaron su proyecto. Salieron juntos del convento llevando cada uno un papel o pliego escrito en latín y en árabe. Se dirigieron a la mezquita, pero mientras querían entrar fueron impedidos. Interrogados por los musulmanes sobre qué buscaban, respondieron: “Queremos hablar con el Cadi para decirle cosas muy útiles y saludables para sus almas”. Les respondieron: “La casa del Cadi no es aquí, vengan con nosotros y se la mostraremos”.

Cuando llegaron a su presencia, abrieron los papeles y los leyeron, explicándoselos y presentando con firmeza sus propias razones. Dijeron: “Señor Cadi y todos ustedes aquí presentes, les pedimos que escuchen nuestras palabras y pongan mucha atención a las mismas, porque todo lo que les vamos a decir es muy provechoso para ustedes, es verdadero, justo, libre de todo engaño y muy útil para el alma de todos aquellos que quieran ponerlo en práctica”. Luego hicieron una prolongada relación que ilustraba la verdad del mensaje evangélico de Cristo, el único en quien está la salvación y demostraron la falsedad de la ley de Mahoma. Se reunió una enorme turba de mahometanos, primero asombrados, luego irritados, finalmente hostiles. Nunca se habían oído ante una turba de musulmanes semejantes afirmaciones contra el Corán y contra el islamismo. Al oír este discurso pronunciado con fervor de espíritu por los cuatro Hermanos, el Cadí y todos los presentes se airaron grandemente. Comenzaron a llegar innumerables musulmanes.

El Cadi entonces dirigió la palabra a los cuatro religiosos en estos términos: “¿Esto lo han dicho ustedes en pleno conocimiento y libertad, o en un momento de exaltación fanática, sin el control de la razón como tontos o locos? ¿Han sido enviados a hacer esto por el Papa de ustedes, o por algún rey cristiano?”. A tal pregunta los religiosos respondieron: “Nosotros hemos venido aquí enviados por Dios. Por tanto si ustedes no creen en Jesucristo y no se bautizan, no tendrán la vida eterna”. Fueron condenados a muerte y el 14 de noviembre de 1391 fueron asesinados, despedazados y quemados.
[...]
Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: El que pierda su alma por mi causa, la salvará (cf.
Lc 9,24).» (Regla no bulada A, XVI).
fuente: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.




Oremos

Dios todopoderoso y eterno, que diste a los santos mártires Nicolás
Tavelic, Deodato de Rodez, Pedro Narbona y Esteban de Cuneo la valentía de aceptar la muerte por el nombre de Cristo: concede tambien tu fuerza a nuestra debilidad para que, a ejemplo de aquellos que no dudaron en morir por ti, nosotros sepamos también ser fuertes, confesando tu nombre con nuestras vidas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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viernes 14 Noviembre 2014
San Serapión (1178)





San Serapión
1178-1240 Este es un santo poco conocido cuya vida, según la refiere el padre Ribadeneira, debió de ser una de las más azarosas de su tiempo. Una vida con dos partes igualmente activas pero muy distintas: una bélica y otra de compasión servicial.   Se le supone inglés, quizá nacido en Londres, hijo de un noble de Escocia que era pariente de los reyes, y en unión de su padre participó en 1190 en la tercera cruzada que dirigía Ricardo I Corazón de León, distinguiéndose en las batallas contra el sultán Saladino.   Más tarde estuvo al servicio de Alfonso VIII de Castilla y volvió a guerrear en Tierra Santa. Quizá su experiencia de soldado le hizo ver que debía combatir en otros frentes, y después de regresar a España, tomó el hábito de la Merced en Barcelona y se convirtió en uno de los frailes más fieles de San Pedro Nolasco.   No se había hecho religioso para vivir tranquilo: acompaña al rey don Jaime en la conquista de Mallorca, vuelve a la Gran Bretaña, cae en manos de unos piratas que le azotan hasta creerle muerto, corre gravísimos peligros en Escocia, y, de nuevo en España, se dedica con tanto ardor a la redención de cautivos que parece milagroso que salga con bien de sus empresas. Muere mártir en Argel, después de largas torturas en una cruz aspada.   ¡Qué vértigo de guerras, viajes, aventuras y misericordia el del inglés Serapión, servidor de reyes primero, de humildes frailes (como su amigo san Ramón Nonato) y de pobres cautivos después! Infatigable en la violencia por la fe hasta que se hace víctima al servicio de los que no necesitan la fuerza, sino el suficiente amor para morir por ellos.




Oremos

Dios de poder y misericordia, que diste tu fuerza al mártir San
Serapión para que pudiera resistir el dolor de su martirio, concédenos que quienes celebramos  hoy el día de su victoria, con su protección, vivamos libres de las asechanzas del enemigo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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viernes 14 Noviembre 2014
Beata María Luisa Merkert



 
Nació en
Nysa (alta Silesia, Polonia, antigua diócesis de Breslau) el 21 de septiembre de 1817. Sus padres, de clase acomodada y católicos de pro, recibieron con gozo a la segunda de sus hijas a la que bautizaron en la parroquia de St. James. Pero María Luisa no pudo disfrutar mucho tiempo de la presencia paterna, ya que Carlos Antonio Merkert, hombre íntegro y comprometido, que había estado vinculado a la Cofradía del Santo Sepulcro, falleció cuando ella tenía alrededor de un año. Tuvo que ser su madre, María Bárbara, quien se ocupó de infundir en sus hijas la fe y piedad sobre la que los dos esposos edificaron su vida en común. Tanto María Luisa como su hermana Matilde fueron extraordinariamente receptivas a las enseñanzas maternas, y crecieron con un acentuado sentido de compasión por los desamparados. Ambas experimentaron a la par una inclinación hacia la consagración religiosa. Tras la muerte de su progenitor escasearon los medios económicos, aunque María Bárbara hizo lo posible para que no quedaran sin buena educación. María Luisa era inteligente y aprovechó las enseñanzas que recibió en la escuela, un centro en el que se daba suma importancia a la formación religiosa y moral.


Cuando su madre enfermó, María Luisa se ocupó de ella y este gesto filial estimuló más si cabe su deseo de dedicarse por entero a servir a los pobres, enfermos y necesitados, secundada por su hermana Matilde. En esta decisión, que se materializó en septiembre de 1842, dos meses más tarde de la muerte de María Bárbara, influyó su confesor el P. Fischer, vicario de la iglesia de St. James. Dos jóvenes, Francisca Werner y Clara
Wolff, que era terciaria franciscana, se vincularon a las dos hermanas, dedicándose a cuidar a los enfermos y a asistir a los pobres en sus propios hogares. Pero ya inicialmente dieron a esta acción caritativa un cariz religioso, alejándose de un mero acto de voluntariado. Se confesaron y comulgaron culminando su compromiso con un acto expreso de consagración al Sagrado Corazón de Jesús, que terminó con la bendición del P. Fischer. Era el nacimiento de la asociación para asistencia a domicilio de pobres y enfermos abandonados, que comprometía a todas a cumplir los objetivos marcados sin haber emitido voto alguno. Eligieron a Francisca para presidirlas. Con auténtico espíritu de fidelidad consumó María Luisa la promesa a la que libremente se había abrazado. El sello de su generosa labor cotidiana, en la que incluía la petición de limosna para ayudar a la gente, fue la oración y su devoción a María y al Sagrado Corazón de Jesús.

En mayo de 1846 murió Matilde en
Prudnik, a causa de una infección que contrajo mientras asistía a personas aquejadas por tifus y malaria, lo cual constituyó un duro varapalo para María Luisa. Entonces, ella y Clara Wolf, siguiendo la sugerencia del confesor Fischer, a finales de 1846 se vincularon a las Hermanas de la Misericordia de San Carlos Borromeo, en Praga, con la idea de efectuar el noviciado, pero siempre en la línea de atención a los enfermos y necesitados que habían llevando antes. Pero ese no era el carisma de esta Orden, y María Luisa la dejó en 1850 dando respuesta al sentimiento que percibía interiormente y que juzgó voluntad de Dios. Ya había hecho acopio de una excelente formación mientras desempeñaba labores de enfermería en varios hospitales polacos. Todo ello le permitiría poder llevar a cabo, con mayor preparación, la idea primigenia de dedicarse a cuidar a los enfermos en sus hogares. Sabía que se exponía al contagio, porque las epidemias estaban en el aire y, con alta probabilidad, la muerte inducida por ellas. Pero en su apostolado instaba a no temer nada, sacrificando la vida, si era preciso, por amor a Cristo y a los demás.

Regresó a
Nysa, y tuvo que hacer oídos sordos a las numerosas críticas que la perseguían. Más doloroso era afrontar la decisión de sacerdotes que, estando en contra suya, le vetaron la recepción de la Eucaristía. Además, el obispo se resistió a darles permiso para crear una comunidad. Ella aceptaba los hechos sabiendo que el sufrimiento acogido y aceptado con gozo, revertía automáticamente en un cúmulo de bendiciones para la Iglesia. Fue su conformidad y el espíritu de humildad y generosidad que se desprendía de su vivencia la que atrajo nuevas vocaciones. El 19 de noviembre de 1850 junto a Francisca retomó su acción caritativa bajo el amparo de santa Isabel de Hungría, cuya festividad se conmemoraba ese día, y a la que expresamente eligieron como su protectora.

En 1859 el prelado de
Breslau aprobó esta nueva Asociación de Santa Isabel, y a finales de ese año María Luisa fue elegida superiora general. Al profesar al año siguiente veinticinco religiosas que ya formaban parte de la Obra incluyeron el voto de cuidar a los necesitados y enfermos. Ella proporcionó a sus hermanas, cerca de medio millar, formación espiritual e intelectual durante los veintidós años que presidió el Instituto. Éste fue aprobado por León XIII en 1887. María Luisa había muerto el 14 de noviembre de 1872 estimada por su pueblo que cariñosamente y en gesto de gratitud la reconocía como «la samaritana de Silesia» por su forma de ejercitar la caridad con los pobres, y «la querida madre de todos». Es considerada como la más egregia figura de Silesia del siglo XIX. Dejaba fundadas 90 casas. Fue beatificada por Benedicto XVI el 30 de septiembre de 2007.






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