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domingo 07 Julio 2013
San Antonino Fantosati
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Obispo (1842‑1900)
Antonio Fantosati nació en Santa Maria in
Valle en Trevi, provincia de Perusa, el 16 de octubre de 1842. De constitución
débil, parecía que sería un gallardo y pacífico campesino, en cambio fue
recibido en la Orden de los Hermanos Menores, ordenado sacerdote a los 23 años
de edad y partió para la capital del Hupe en China, sede del Vicariato y
residencia principal de la misión, a donde llegó el 15 de diciembre de 1867. De
sus 33 años de apostolado en China los primeros siete años fueron los más
serenos entre aquellas heroicas cristiandades y pudo dedicarse al estudio de la
lengua hasta hablarla expeditamente, como un chino, y ser llamado “el maestro
europeo”.
Pasó luego a Lao‑ho‑kow, centro fluvial de primera importancia,
donde por 18 años ejerció el ministerio con tacto, prudencia y singular
penetración de la mentalidad china. Fue Administrador Apostólico del Alto Hu‑pe
cuando la carestía y la peste desolaron a China. En 1878 fundó un orfanato para
los niños abandonados y organizó la distribución de numerosas ayudas
provenientes de Europa. Luego fue vicario general del obispo Banci y colaboró en
la erección del gran templo de tres naves de estilo románico del Sagrado
Corazón. En 1888 fue por breve tiempo a Italia. Al regresar a China, fue
nombrado Obispo titular de Adana y Vicario Apostólico del Hu‑nan
meridional.
Sus últimos años fueron amargados por cruces y persecuciones,
pero las adversidades no apagaron su celo. En la feroz persecución de los bóxers
perecieron en solo Shansi y en Hunan más de 20.000 cristianos. Precedido en el
Hunan por el P. Cesidio Giacomantonio, muerto el 4 de julio, San Antonino acudió
junto con el P. José María Gambaro al lugar del peligro, a donde llegaron el 7.
Reconocidos, fueron asediados por los revoltosos con una granizada de piedras y
objetos contundentes, y asesinados bárbaramente. El martirio del obispo se
prolongó por más de dos horas entre atroces tormentos, hasta que un pagano,
viéndolo todavía vivo, lo atravesó con un largo palo de bambú con una aguda
punta de hierro, traspasándolo de un lado a otro. Los dos cadáveres, arrojados
primero al río, fueron luego recogidos para ser quemados y sus cenizas
dispersadas en el agua o arrojadas al viento a fin de que no se honrara su
sepultura. Algunos testigos vieron en el lugar del suplicio dos ángeles elevarse
al cielo mientras numerosos paganos que habían asistido a la escena exclamaban:
“Estos misioneros eran en verdad hombres justos”. Tenía 58
años.
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