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San Isidoro de Sevilla
Queridos hermanos y hermanas: Hoy quisiera hablar de san Isidoro de Sevilla: era hermano menor de Leandro, obispo de Sevilla, y gran amigo del Papa Gregorio Magno. Esta observación es importante, pues constituye un elemento cultural y espiritual indispensable para comprender la personalidad de Isidoro. En efecto, le debe mucho a Leandro, persona muy exigente, estudiosa y austera, que había creado en torno a su hermano menor un contexto familiar caracterizado por las exigencias ascéticas propias de un monje y por los ritmos de trabajo exigidos por una seria entrega al estudio.
Además, Leandro se había preocupado por
disponer lo necesario para afrontar la situación político-social del momento: en
aquellas décadas los visigodos, bárbaros y arianos, habían invadido la península
ibérica y se habían adueñado de los territorios que pertenecían al Imperio
Romano.
Era necesario conquistarlos a la romanidad y
al catolicismo. La casa de Leandro y de Isidoro contaba con una biblioteca
sumamente rica de obras clásicas, paganas y cristianas. Isidoro, que sentía la
atracción tanto de unas como de otras, aprendió bajo la responsabilidad de su
hermano mayor una disciplina férrea para dedicarse a su estudio, con
discernimiento. En la sede episcopal de Sevilla se vivía, por tanto, en un
clima sereno y abierto.
Lo podemos deducir a partir de los intereses
culturales y espirituales de Isidoro, tal y como emergen de sus mismas obras,
que comprenden un conocimiento enciclopédico de la cultura clásica pagana y un
conocimiento profundo de la cultura cristiana. De este modo se explica el
eclecticismo que caracteriza la producción literaria de Isidoro, el cual pasa
con suma facilidad de Marcial a Agustín, de Cicerón a Gregorio Magno.
La lucha interior que tuvo que afrontar el
joven Isidoro, que se convirtió en sucesor del hermano Leandro en la cátedra
episcopal de Sevilla, en el año 599, no fue ni mucho menos fácil. Quizá se debe
a esta lucha constante consigo mismo la impresión de un exceso de voluntarismo
que se percibe leyendo las obras de este gran autor, considerado como el último
de los padres cristianos de la antigüedad.
Pocos años después de su muerte, que tuvo
lugar en el año 636, el Concilio de Toledo (653) le definió: "Ilustre maestro de
nuestra época, y gloria de la Iglesia católica". Isidoro fue, sin duda, un
hombre de contraposiciones dialécticas acentuadas. E incluso, en su vida
personal, experimentó un conflicto interior permanente, sumamente parecido al
que ya habían vivido san Gregorio Magno y san Agustín, entre el deseo de
soledad, para dedicarse únicamente a la meditación de la Palabra de Dios, y las
exigencias de la caridad hacia los hermanos de cuya salvación se sentía
encargado, como obispo.
Por ejemplo, sobre los responsables de la
Iglesia escribe: "El responsable de una Iglesia (vir ecclesiasticus) por una
parte tiene que dejarse crucificar al mundo con la mortificación de la carne, y
por otra, tiene que aceptar la decisión del orden eclesiástico, cuando procede
de la voluntad de Dios, de dedicarse al gobierno con humildad, aunque no
quisiera hacerlo" (Libro de las Sentencias III, 33, 1: PL 83, col. 705 B).
Y añade un párrafo después: "Los hombres de
Dios (sancti viri) no desean ni mucho menos dedicarse a las cosas seculares y
gimen cuando, por un misterioso designio divino, se les encargan ciertas
responsabilidades... Hacen todo lo posible para evitarlas, pero aceptan aquello
que no quisieran y hacen lo que habrían querido evitar. Entran así en el secreto
del corazón y allí, adentro, tratan de comprender qué es lo que les pide la
misteriosa voluntad de Dios.
Y cuando se dan cuenta de que tienen que
someterse a los designios de Dios, agachan la cabeza del corazón bajo el yugo de
la decisión divina" (Libro de las Sentencias III, 33, 3: PL 83, col. 705-706).
Para comprender mejor a Isidoro es necesario recordar, ante todo, la complejidad
de las situaciones políticas de su tiempo, que antes mencionaba: durante los
años de la niñez había tenido que experimentar la amargura del
exilio.
A pesar de ello, estaba lleno de entusiasmo:
experimentaba la pasión de contribuir a la formación de un pueblo que encontraba
finalmente su unidad, tanto a nivel político como religioso, con la conversión
providencial del heredero al trono, el visigodo Ermenegildo, del arrianismo a la
fe católica. Sin embargo, no hay que minusvalorar la enorme dificultad que
supone afrontar de manera adecuada los problemas sumamente graves, como los de
las relaciones con los herejes y con los judíos.
Toda una serie de problemas que resultan
también hoy muy concretos, si pensamos en lo que sucede en algunas regiones
donde parecen replantearse situaciones muy parecidas a las de la península
ibérica del siglo VI. La riqueza de los conocimientos culturales de que
disponía Isidoro le permitía confrontar continuamente la novedad cristiana con
la herencia clásica grecorromana. Más que el don precioso de la síntesis, parece
que tenía el de la collatio, es decir, la recopilación, que se expresaba en una
extraordinaria erudición personal, no siempre tan ordenada como se hubiera
podido desear. En todo caso, hay que admirar su preocupación por no dejar de
lado nada de lo que la experiencia humana produjo en la historia de su patria y
del mundo. No hubiera querido perder nada de lo que el ser humano aprendió en
las épocas antiguas, ya fueran éstas paganas, judías o cristianas.
Por tanto, no debe sorprender el que, al
perseguir este objetivo, no lograra transmitir adecuadamente, como él hubiera
querido, los conocimientos que poseía, a través de las aguas purificadoras de la
fe cristiana. Sin embargo, según las intenciones de Isidoro, las propuestas que
presenta siempre están en sintonía con la fe católica, defendida por él con
firmeza. Percibe la complejidad en la discusión de los problemas teológicos y
propone a menudo, con agudeza, soluciones que recogen y expresan la verdad
cristiana completa. Esto ha permitido a creyentes a través de los siglos hasta
nuestros días servirse con gratitud de sus definiciones. Un ejemplo
significativo en este sentido es la enseñanza de Isidoro sobre las relaciones
entre vida activa y vida contemplativa.
Escribe: "Quienes tratan de lograr el descanso
de la contemplación tienen que entrenarse antes en el estadio de la vida activa;
de este modo, liberados de los residuos del pecado, serán capaces de presentar
ese corazón puro que permite ver a Dios" (Diferencias II, 34, 133: PL 83, col
91A). El realismo de auténtico pastor le convence del riesgo que corren los
fieles de vivir una vida reducida a una sola dimensión. Por este motivo, añade:
"El camino intermedio, compuesto por una y otra forma de vida, resulta
normalmente el más útil para resolver esas cuestiones, que con frecuencia se
agudizan con la opción por un sólo tipo de vida; sin embargo, son mejor
moderadas por una alternancia de las dos formas" (o.c., 134: ivi, col 91B).
Isidoro busca la confirmación definitiva de una orientación adecuada de vida en
el ejemplo de Cristo y dice: "El Salvador Jesús nos ofreció el ejemplo de la
vida activa, cuando durante el día se dedicaba a ofrecer signos y milagros en la
ciudad, pero mostró la vida contemplativa cuando se retiraba a la montaña y
pasaba la noche dedicado a la oración" (o.c. 134: ivi).
A la luz de este ejemplo del divino Maestro,
Isidoro ofrece esta precisa enseñanza moral: "Por este motivo, el siervo de
Dios, imitando a Cristo, debe dedicarse a la contemplación, sin negarse a la
vida activa. Comportarse de otra manera no sería justo. De hecho, así como hay
que amar a Dios con la contemplación, también hay que amar al prójimo con la
acción. Es imposible, por tanto, vivir sin una ni otra forma de vida, ni es
posible amar si no se hace la experiencia tanto de una como de otra" (o.c., 135:
ivi, col 91C). Considero que esta es la síntesis de una vida que busca la
contemplación de Dios, el diálogo con Dios en la oración y en la lectura de la
Sagrada Escritura, así como la acción al servicio de la comunidad humana y del
prójimo. Esta síntesis es la lección que nos deja el gran obispo de Sevilla a
los cristianos de hoy, llamados a testimoniar a Cristo al inicio del nuevo
milenio.
Benedicto XVI; San Isidoro de
Sevilla,
© Copyright
2008 - Libreria Editrice Vaticana
Oremos
Escucha, Señor, las
súplicas que te dirigimos al celebrar hoy la festividad de San Isidoro de
Sevilla; haz que tu Iglesia, que tuvo en este santo obispo un maestro insigne de
vida espiritual, encuentre ahora en él un poderoso intercesor ante ti. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
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Santo(s) del día
San Isidoro de Sevilla
San Benito el Moro
Karol Józef Wojtyla
San Agatopo
San Platón de Constantinopla
San Zósimo Palestina
San Publio Siria
San Teonas
Santa Aleth
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